Caminando desolado por
las calles, Alberto
encontró a un viejo
amigo de su padre, el
señor Juan.
El niño estaba triste y
angustiado. El anciano,
andando a su lado, le
preguntó la razón de su
tristeza.
- ¡Nada va bien! –
respondió Alberto. –
¡Parece que el mundo va
a desmoronarse sobre mi
cabeza! Estoy de vuelta
del hospital donde fui a
visitar a mi madre y el
estado de ella necesita
cuidados. Mi padre esta
desempleado y los gastos
con el hospital
aumentan
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cada día causándonos
preocupación. Si no
fuese bastante eso,
aun fui mal en un
examen en la escuela
y no sé si voy a
pasar de curso. |
Hizo una pausa y, con la
voz embargada por la
emoción, conteniendo a
toda costa las lágrimas,
concluyó:
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- Como el señor puede
ver, tengo motivos de
sobra para estar
desesperado.
El bondadoso hombre oyó
sin interrumpir el
desánimo del niño.
Enseguida miró para el
cielo y dijo:
- Observa.
Las nubes pesadas son
anuncios de una lluvia
breve.
Debemos apresurarnos.
Alberto miró para lo
alto sin gran interés.
Oscuras y pesadas nubes
habían tomado todo el
cielo. Indicando que no
tardaría en llover.
- Las nubes se van
acumulando, acumulando
hasta que la tempestad
termina limpiando la
atmósfera.
Así también ocurre con
nosotros, Alberto.
Muchas veces la tormenta
nos agita
|
nuestro interior y
es preciso que
“limpiemos” nuestro
interior también. Sé
que tú eres un chico
valiente y decidido,
pero no temas
llorar. Las lágrimas
hacen bien y alivian
la tensión.
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Alberto miró para el
compañero y, no
resistiendo más, dejó
que las lágrimas
corriesen por su rostro,
lavándole el alma.
El anciano lo abrazó y
permanecieron así por
algún tiempo viendo la
lluvia caer.
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Media hora después paró
de llover. Las nubes,
tocadas por el viento,
se fueron y el sol
volvió a surgir,
aclarando todo.
- ¿Estás viendo,
Alberto? – comentó el
generoso anciano. – El
sol brilla nuevamente,
cuando hace pocos
minutos atrás
|
estaba todo oscuro y
lluvioso. Mira como
el aire está limpio
y claro. ¡Parece un
milagro! ¡Las hojas
y flores ganaron
nueva vida y hasta
un lindo arco-iris
surgió en el cielo!
Por eso, hay que tener
esperanza, hijo mío.
Confiar en Dios y tener
fe.
Las cosas cambian y lo
que en un momento nos
parece sin solución, en
el momento siguiente
podrá ser resuelto. |
Alberto miró al amigo
con gratitud.
- Muchas gracias, señor
Juan. El señor me ayudó
mucho. Ya estoy bastante
mejor y más optimista.
Se separaron
amistosamente. El hombre
estaba a camino de su
trabajo y el niño tenía
que ir a la escuela para
saber el resultado del
examen.
Más confiado, Alberto se
dirigió al colegio y
tuvo una grata sorpresa:
¡Fue aprobado!
Lleno de alegría, corrió
para casa y contó al
padre la novedad. El
padre, que también
andaba preocupado, se
mostraba más alegre
porque tenía la promesa
de un empleo.
- ¡Qué bueno, hijo mío!
También tengo buenas
noticias.
Un amigo mío está
necesitando a un
ayudante y me invitó
para trabajar en su
taller. No sé mucho de
mecánica, pero tengo
buena voluntad y voy a
aprender, hijo mío.
Más tarde, ellos fueron
al hospital a llevar las
buenas noticias para la
madre que, ciertamente,
quedaría muy feliz.
Otra sorpresa agradable.
El médico estaba
bastante optimista y les
aseguró que, si todo
continuaba bien, después
la paciente recibiría el
alta del hospital.
Para felicidad del
chico, el señor Juan fue
también a visitar a su
madre y le contaron las
novedades. Y Alberto
concluyó:
- El señor tenía razón.
¡Las cosas cambian y es
preciso tener fe en
Dios! Ahora está todo
bien. ¡La tempestad
pasó!
Tía Célia
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