Jesús, el
educador de almas
El mensaje cristiano fue
empequeñecido, podado,
manipulado
por aquellos que de ella
se apoderaron, al
construir una religión
atemorizada y
salvacionista, con base
en actitudes místicas
La Humanidad comenzó,
con el advenimiento del
Espiritismo, a conocer
con más amplitud y
profundidad lo que
significó para el mundo,
la venida de Jesús, el
Maestro más perfecto que
la Tierra conoció, aquel
que basó sus enseñanzas
en la pedagogía del
ejemplo. No hay una sola
enseñanza de él
que haya quedado
|
 |
sin su
testimonio
personal. Jesús
fue simple y
minucioso en lo
que enseñó
verbalmente y
completó en la
ejemplificación.
Por eso es que
debe tomarsele
como el Maestro
y Guía a ser
seguido, y no
como un simple
intermediario
entre el hombre
y Dios, que
habría sellado
una pretendida
alianza con el
Creador, a
través del
ofrecimiento de
su sacrificio
para la
salvación de la
Humanidad,
conforme
interpretaciones
equivocadas de
los teólogos. |
El propio concepto de
religión fue modificado
a partir de sus
enseñanzas. Con Jesús,
se aprende que la
religión no es algo
mágico para ser llevado
a efecto en el interior
de los templos. No más
aquella idea de que la
religión es practica
mística, contemplativa,
ritualista, llena de
ofrendas y formular
repetitivas vividas en
el interior de las así
llamadas “Casas de
Dios”. La religión,
conforme sus enseñanzas
y, principalmente sus
ejemplos, pasó a ser,
para aquel que le
entendió las lecciones,
un nuevo modo de vivir,
de relacionarse con el
prójimo, en todos los
ambientes, en todos los
momentos. Enseñando que
Dios esta presente en
todo el universo, alargó
los límites de los
templos, conceptuando un
universo como un templo
inmenso: “En la casa de
mi Padre hay muchas
moradas” (Ju, 14:2)
Jesús no fue Maestro de
gestos largos, de
actitudes místicas y
contemplativas, que
viviese confinado en un
ambiente religioso, o en
lugares distantes,
aislado de la
convivencia diaria,
lejos de la vida
practica. Por el
contrario, el Maestro
siempre convivió con las
personas y, para
prevenir cualquier
interpretación
equivocada, dejó
enseñanzas lapidarias,
registradas por dos
evangelistas: “He que os
envío como ovejas en
medio de lobos (...).” (Mt,
10:16) y “Id; he que os
mando como corderos en
medio de lobos. (Lucas,
10:3). No era un
profesional religioso:
vivía como un simple
carpintero, que causaba
espanto a algunos,
delante de lo que
hablaba y hacia: “...
¿de donde le vienen esas
cosas? ¿Y qué sabiduría
es esta que le fue dada?
¿Y cómo se hacen tales
maravillas por sus
manos? ¿No es este el
carpintero, hijo de
María, y hermano de
Santiago y de José, y de
Judas, y de Simón? ¿Y no
están con nosotros aquí
sus hermanas? Y se
escandalizaban de el.”
(Mac, 6: 6:2 y 3).
Jesús fue un educador de
almas, que siempre
enfatizó la necesidad
del empeño de la
criatura en el sentido
de educarse, de
progresar, conforme
enseñó en el Sermón de
la Montana: “Así
resplandezca vuestra luz
delante de los hombres
(...).” (Mt, 5: 16).
Todo el mensaje
religioso del Maestro se
fundamenta en el
esfuerzo de la criatura
en el sentido de revelar
esa herencia divina que
todos traemos. Nada de
gracia, más allá de la
gracia de la vida. Nada
de privilegios: “(...) y
entonces dará a cada uno
según sus obras.”
(Mt, 16:27).
Trajo una nueva
dimensión al
entendimiento humano, a
través de un mensaje que
es un verdadero desafío,
en el sentido de que sus
discípulos trascendiesen
los límites de la ley
antigua, que preconizaba
“ojo por ojo, diente por
diente”: “(...) si
vuestra justicia no
excede a la de los
escribas y fariseos, de
modo ninguno entrareis
en el reino de los
cielos.” (Mt, 5:20).
“Oísteis lo que fue
dicho: amaras a tu
prójimo y aborrecerás a
tu enemigo. Yo, sin
embargo, os digo: amad a
vuestros enemigos,
bendecid a los que os
maldicen, hacer bien a
los que os odian, y orad
por los que os maltratan
y os persiguen; (...).”
(Mt, 5:42 y 43).
La fe razonada, enseñada
por el Espiritismo,
comenzó
con Jesús
Jesús no deseo
discípulos pasivos,
encantados,
deslumbrados. Por el
contrario, siempre busco
tocar el sentimiento,
juntamente con el apelo
para que la criatura
razonase, a fin de
saber, de comprender
porque debería obrar de
ese o aquel modo. El
Sermón de la Montaña,
que para muchos es sólo
un himno al sentimiento
y, también, un fuerte
mensaje a la
inteligencia, al
razonamiento: “¿Y cuál
de entre vosotros es el
hombre que, pidiéndole
pan a su hijo, le dará
una piedra? ¿Y,
pidiéndole peces, le
dará una serpiente? ¿Si
vosotros, pues, siendo
malos, sabéis dar buenas
cosas a vuestros hijos,
cuanto más vuestro
Padre, que esta en los
cielos dará bienes a los
que los pidieran?”
(Mt, 7:9 al 11).
Jesús llevó el
entendimiento, la
comprensión, el uso del
razonamiento, al amparo
de la fe. La fe enseñada
por Jesús trasciende los
límites de la emoción,
del sentimiento, por
asociarse a un
componente esencial: la
razón.
Incuestionablemente, la
fe razonada, ensenada
por el Espiritismo,
comenzó con Jesús.
Kardec, como profundo
conocedor de los
Evangelios – libre de
los prejuicios causados
por los sucesivos
exegetas, a lo largo de
los tiempos – supo ver
la objetividad y la
racionalidad de las
enseñanzas del Maestro.
Supo ver que Sus
lecciones tienen siempre
dos direccionamientos:
al sentimiento y a la
razón: “Mira para las
aves del cielo, que ni
siembran, ni siegan, ni
se juntan en graneros; y
vuestro Padre celestial
las alimenta. ¿No tenéis
vosotros mucho más valor
que ellas?” (Mt, 6:26).
Al enseñar a la criatura
a no crear fantasías
sobre la fe, muestra la
línea divisoria entre
aquello que debe ser
objeto de la
preocupación del hombre,
y lo que debe ser
entregado a Dios,
preguntando: “¿Y cuál de
vosotros podrá, con
todos sus cuidados,
añadir una curvatura a
su estatura?” (Mt,
6:27). Ese es el motivo
de leerse en la hoja del
principio de “El
Evangelio según el
Espiritismo”: “La fe
inquebrantable sólo es
la que puede encarar
frente a frente la
razón, en todas las
épocas de la Humanidad.”
La educación religiosa
que Jesús propicia al
hombre llevándolo a
concienciarse de que no
será a través de
oraciones repetidas que
estaremos agradando a
Dios: “Y, orando, no
uséis vanas
repeticiones, como los
gentiles, que piensan
que por mucho hablar
serán oídos.” (Mt, 6:7).
Ni a través de ofrendas
o adulaciones: “Por
tanto, si trajeras tu
ofrenda al altar y ahí
te acordaras de que tu
hermano tiene alguna
cosa contra ti, deja
allí delante del altar
tu ofrenda.”
(Mt, 5:23 y 24).
En Su trabajo educativo
de Espíritu humano,
Jesús mostró la
importancia de la buena
relación con el prójimo
como camino para Dios,
conforme bien entendió
el Apóstol Juan que
registró: “Pues quien no
ama a su hermano, al
cual vio, ¿óomo puede
amar a Dios, a quien no
vio?”
(I Ju, 4: 20).
Significativo es el
diálogo entre el doctor
de la ley y Jesús,
conforme es relatado en
el Evangelio de Lucas
(10: 25 al 37):
“Maestro, ¿que haré para
heredar la vida eterna?”
allí se vio a un hombre,
conocedor profundo de
las leyes religiosas, a
punto de citarlas de
memoria, después que fue
inquirido por Jesús:
“Amarás al Señor tu Dios
de todo tu corazón, y de
toda tu alma, y de todas
tus fuerzas, y de todo
tu entendimiento, y a tu
prójimo como a ti
mismo.” (Deu, 6:5 y Lv.
19:18). Efectivamente,
los judíos sabían de
memoria esos dos
mandamientos mayores.
Entre tanto, cuando
Jesús le dijo: “Haz eso
y vivirás”, aquel hombre
no comprendió, porqué
para él no había
conexión entre el
precepto religioso, que
le adornaba el campo
intelectual, como la
vida practica, a punto
de preguntar: “¿Quién es
mi prójimo?” para aquel
hombre “prójimo” era una
palabra mágica, sagrada,
usada en los momentos
religiosos, en el
templo, sin ningún
significado real en la
llamada vida profana. De
ahí su espanto. Extrañó
que Jesús le recomendase
la aplicación del
precepto religioso a la
vida común. Sabiendo de
la distancia que había
entre los preceptos
religiosos y la vida en
sociedad, es por lo que
el Maestro le contó la
Parábola del Buen
Samaritano, mostrando
que aquel hombre –
despreciado por los
judíos – hizo su ofrenda
a Dios, no delante de un
altar, si no a través
del más legitimo
representante de Dios:
¡el prójimo!
El Maestro jamás invitó
a nadie a orar en un
templo
Él mismo se dio como
ejemplo en el servicio a
Dios en la persona del
prójimo. Curaba siempre,
imponiendo las manos
sobre los enfermos,
aunque no necesitase
hacerlo para curar (ved
cura del servicio del
centurión: Mt, 8: 5 a
13), mas lo hizo para
enseñar, recomendando
que se hiciese lo
mismo: “… y podrán las
manos sobre los enfermos
y los curaran.”
(Mc, 16:18).
Dejó bien claro, también
lo gratuito de la
practica religiosa: “…de
gracias recibisteis, dad
de gracias.” (Mt, 18:8).
Se ve, así, que Jesús
trajo a la Tierra un
mensaje, profundo sin
ser complicado. Una
concepción religiosa
liberadora no agrada a
aquellos que desean
ejercer el poder
religioso. Estos
buscaban conservar la
religión como algo
mágico, místico,
extático, complejo al
punto de a ella sólo
tener acceso los doctos
y los sabios, personas
pretendidamente
especiales, que estarían
más habilitadas a mediar
los mensajes de las
criaturas al Creador.
Jesús concedió una
verdadera carta de
liberación a la
Humanidad, en relación a
la intermediación
sacerdotal, al informar
a la criatura humana de
que ella tiene el
derecho legítimo e
inalienable de
comunicarse con su
Creador, directamente,
en cualquier lugar donde
se encuentre, dando como
ejemplo el lugar donde
se duerme: “Pero tú,
cuando orases, entra en
tu aposento y, cerrando
tu puerta, ora a tu
Padre que está en lo
oculto; y tu Padre, que
ve secretamente, te
recompensará.” (Mt, 6:
6). Al meditar sobre esa
enseñanza, se percibe en
cuanto a su mensaje que
fue deformado por los
teólogos, que enseñan a
que tengan ciertas
personas determinadas
prerrogativas de ser
oídas por Dios, como si
fuesen abogados
llevando agradecimientos
o a reivindicar
determinadas donaciones,
en una práctica
desenvuelta en medio de
rituales completamente
extraños a las
enseñanzas y a los
ejemplos de Jesús, con
la agravante de ser
remunerados.
Jesús liberó a la
criatura humana también
de la necesidad del
comparecimiento al
templo, a fin de
encontrarse allí con
Dios. El Maestro jamás
invitó a nadie a orar en
ningún templo. Por el
contrario, cuando la
Samaritana se manifestó
en el sentido de orar a
Dios en el Templo de
Jerusalén, el Maestro
desautorizó tal actitud,
diciéndole: “Mujer,
créeme que la hora
viene, en que ni en esta
montaña ni en Jerusalén
adorareis al Padre. Dios
es espíritu e importa
que los que Lo adoran Lo
adoren en espíritu y en
verdad.”
(Ju, 4: 21 y 24).
Para Jesús no había
santuarios, lugares
especiales. Sus
enseñanzas, sus curas,
sus oraciones siempre
fueron llevadas a efecto
donde quiera que él se
encuentre.
Él fue crucificado
exactamente por el
coraje de contraponerse
al poderío sacerdotal, a
aquella verdadera
dictadura religiosa.
Infelizmente, con el
pasar de los tiempos, el
eje del mensaje
cristiano se fue
desviando, saliendo del
área del estudio, de la
meditación y del
servicio a la luz de la
oración consciente,
pasando de las practicas
exteriores.
El Maestro vino a traer
la seguridad de que
Dios
es Padre, es Amor
Esas verdades religiosas
simples, que estuvieron
al alcance de humildes
pescadores, de viudas y
de desheredados, fueron,
con el paso del tiempo,
relegadas a un segundo
plano, habiendo puestos
en primer lugar el
ritual, la solemnidad,
el manoseo de objetos de
culto, las velas, el
vino, el tabaco, los
cánticos, las ropas
especiales y todo un
conjunto inmenso de
practicas exteriores
alienadoras, buscadas en
el judaísmo y en el
paganismo romano, que
distanciaban al hombre
cada vez más del
esfuerzo de
auto-perfeccionamiento
preconizado por Jesús.
Los pronunciamientos
liberadores de Jesús no
fueron objeto de estudio
por los teólogos que
crearon las liturgias,
los sacramentos y, peor
aun, la hedionda teoría
de las penas eternas,
deshaciendo la imagen
del Dios Misericordioso,
tan bien delineado por
el Maestro.
El mensaje cristiano fue
empequeñecido, podado,
exteriorizado por
aquellos que de ella se
apoderaron, al construir
una religión
atemorizadora y
salvacionista, con base
en actitudes místicas y
en la creencia de que
sería la sangre de Jesús
el remisor de los
pecados de la Humanidad.
Fue enfatizada la
adoración extática a
Jesús-muerto, en
detrimento del esfuerzo
en seguir a Jesús-vivo.
El Maestro vino a traer
la seguridad de que Dios
es Padre, es Amor, es
Misericordia,
contraponiéndolo a la
figura presentada en el
Viejo Testamento, que
mostraba al Creador como
alguien iracundo,
vengativo, capaz de
tener preferencias por
determinados pueblos y
abominación por otros.
Infelizmente, el Padre
Misericordioso, tantas
veces demostrado por
Jesús, fue negado por
los teólogos, al crear
el Infierno de penas
eternas. En verdad,
Jesús habló de
sufrimiento después de
la muerte, pero nunca
con la posibilidad de
que fuesen eternos. Por
el contrario, dijo: “En
verdad te digo que de
manera alguna saldrás de
allí mientras no pagues
el último centil.” (Mt,
5: 23) pero el Maestro,
conocedor de la
fragilidad humana, sabía
que, de alguna forma,
eso iba a ocurrir, por
eso prometió el
Consolador: “Pero aquel
Consolador, el Espíritu
Santo, que el Padre
enviará en mi nombre,
ese os enseñará todas
las cosas, y os hará
recordar todo cuanto os
he dicho.” (Ju, 14:26)
Cumpliendo su promesa,
nos envió el
Espiritismo, que no es
apenas una religión
cristiana, si no el
propio Cristianismo
primitivo, que resurge
en su pureza, pujanza y
objetividad originales,
destacándose de las
demás religiones, por lo
menos de las del
Occidente, por su
aspecto altamente
educativo.
Bibliografia:
A Bíblia Sagrada - Trad.
João Ferreira d’ Almeida
- Ed. Sociedade Bíblica
Britannica e Estrangeira
– 1937.