En el 2004, la
Comisión Europea
contra el
Racismo y la
Intolerancia (Ecri)
alertó a las
autoridades
suizas para el
peligro de los
hechos de actos
racistas en
Suiza,
especialmente
contra personas
de origen
africano y otras
minorías étnicas
que no dominan
el idioma
alemán. El
documento pidió
al gobierno del
país que
reprimiese “con
firmeza” las
manifestaciones
de racismo y de
xenofobia tanto
en partidos
políticos como
en actos
individuales
No es pues de
extrañar lo que
habría ocurrido
con la joven
brasileña Paula
Oliveira en la
noche del 9 de
febrero en
Dübendorf, en
Suiza, pequeña
ciudad próxima a
Zurich. Según
los periódicos,
Paula hablaba al
móvil con su
madre, que vive
en Brasil,
cuando fue
asediada y
enseguida,
agredida, hecho
que habría
acarreado la
interrupción de
un embarazo de
tres meses. No
hubo violencia
sexual ni robo.
La agresión
habría sido
motivada por
mera
intolerancia con
los inmigrantes,
que en Suiza
forman un
contingente
considerable.
El día 13 de
febrero la
policía suiza
declaró que
Paula no estaba
embarazada el
día de los
hechos y añadió
que consideraba
la hipótesis de
que la propia
joven hubiera
simulado la
agresión. El día
20, los
periódicos
brasileños
divulgaron que
Paula habría
confesado que
mintió con
relación al
embarazo
inexistente y a
la agresión, que
jamás existió.
Cuando la
noticia fue
divulgada en
Brasil, la
sorpresa mayor
no fue la
agresión en sí,
sino el lugar en
que había
ocurrido, porque
la idea que
tenemos de Suiza
es de un país
adelantado y
comprometido con
la paz y la
justicia. Con
todo, la verdad
sea dicha, el
episodio, sí
comprobado,
apenas se suma
al que ya
ocurrió con
inmigrantes en
Portugal, en el
Reino Unido, en
Francia, en
Italia, en
España y en
Rusia, o sea, en
varios países de
Europa, el
llamado Viejo
Mundo, que es
una especie de
hermano más
mayor de las
naciones cuyos
hijos han sido
ahí
hostilizados.
Los motivos
invocados por
los agresores no
tienen
importancia
ninguna, porque
no existe razón
justa para que
alguien agreda a
una persona,
especialmente si
tal hecho tiene
motivaciones
económicas.
Xenofobia y
racismo no
podrían existir
más en el mundo
en que vivimos,
pero
infelizmente,
ellos existen,
lo que prueba
como la sociedad
terrestre es
atrasada y cuan
distante nos
encontramos de
los ideales
proclamados por
los
revolucionarios
franceses:
Libertad-igualdad-fraternidad.
Kardec hizo un
minucioso
estudio al
respecto del
asunto. “Estas
tres palabras –
dijo el
Codificador del
Espiritismo –
constituyen por
sí solas, el
programa de todo
un orden social
que realizaría
el más absoluto
progreso de la
Humanidad, si
los principios
que ellas
expresan
pudiesen recibir
una integral
aplicación.”
(Obras Póstumas,
FEB, 26ª ed.,
pág. 233.)
En su artículo,
el Codificador
define,
inicialmente, el
concepto de
fraternidad que,
en la rigurosa
acepción del
término, resume
todos los
deberes de los
hombres, unos
para con otros.
Fraternidad
significa:
dedicación,
abnegación,
tolerancia,
benevolencia,
indulgencia. Es,
por excelencia,
la caridad
evangélica y la
aplicación de la
máxima:
<<Proceder
para con los
otros, como
querríamos que
los otros
procediesen para
con nosotros>>.
La fraternidad
es, como se ve,
lo opuesto del
egoísmo, que
dice:
<<Cada
uno para sí>>,
en cuanto que
ella propone:
<<Uno
para todos y
todos para uno>>.
Como tales
valores son la
negación uno del
otro, tan
imposible es que
un egoísta
proceda
fraternalmente
para con sus
semejantes, como
a un avariento
ser generoso.
Hechas estas
consideraciones
y centrando
directamente el
lema de los
revolucionarios
franceses,
Kardec concluyó:
“Considerada del
punto de vista
de su
importancia para
la realización
de la felicidad
social, la
fraternidad está
en la primera
línea: es la
base. Sin ella,
no podrían
existir la
igualdad, ni la
libertad seria”.
La igualdad
deriva de la
fraternidad y la
libertad es
consecuencia de
las otras dos.”
Obviamente, en
cuanto ese
sentimiento no
estuviera
enraizado en el
corazón de los
hombres – sea
aquí, en Brasil,
sea allí, en
Europa y en los
demás
continentes –
nadie será
realmente libre
y no existirá
igualdad de
oportunidades
para todos,
independientemente
del color de la
piel o del grupo
étnico a que
pertenezcan. Y
más: continuarán
existiendo en
nuestro mundo
individuos que
se consideran
superiores y en
el derecho de
intimidad, con
el uso de la
fuerza, a
aquellos que en
su punto de
vista no merecen
su amistad y su
respeto.
¿Las religiones
tienen alguna
parcela de culpa
en eso?
Evidentemente
que sí.
Está claro que
ninguna religión
seria propondrá
la violencia o
la maldad para
con el prójimo,
pero las
disputas
religiosas, el
ansia de
dominación del
pensamiento
ajeno, la
búsqueda de una
primacía
injustificable
acaban haciendo
que la
convivencia
fraternal,
pacífica,
respetuosa sea
cosa rara hasta
incluso entre
los cristianos,
especialmente
cuando son
vinculados a
denominaciones
religiosas
diferentes, en
una repetición
contemporánea de
aquello que
marcó la triste
historia de las
persecuciones
movidas por los
católicos a los
hugonotes.
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