Nadie de bueno
sentido, en
nuestro medio,
negará la
importancia de
los congresos
espíritas para
la vitalidad del
movimiento
espírita, el
intercambio de
experiencias y
la fraternidad
entre personas
que enfrentan en
sus ciudades
dificultades y
problemas
semejantes.
Años atrás la
prensa espírita
registró una
interesante
polémica acerca
de uno de los
puntos
relacionados con
la realización
de los
congresos: su
coste
financiero. En
los lugares
donde ellos se
desarrollan, las
llamadas tasas
de participación
o inscripción
han sido cada
vez más altas,
hecho que, según
la opinión de
muchos,
impediría la
participación en
esos eventos de
los compañeros
menos dotados.
Los congresos se
restringirían
entonces a un
pequeño grupo
con condiciones
de adquirir
pasajes de
avión,
hospedarse en
hoteles caros y,
aun, pagar tasas
cada vez más
elevadas.
La polémica se
instaló e
inmediatamente
aparecieron las
voces de los que
defienden el
modelo que viene
siendo adoptado,
alegando que los
costes
financieros para
la organización
de esos eventos
son muy altos y
que cabe a los
espíritas,
solamente a los
espíritas, el
deber de
costearlos. Si
el hecho
impide la
participación de
los compañeros
de más pequeñas
posesiones –
dicen ellos –,
el problema no
transcurre del
montante de esos
gastos, pero,
sí, del poder
adquisitivo de
la población
brasileña, por
cuanto la
mayoría de los
brasileños vive
efectivamente
con rendimientos
bien diminutos.
Entendemos que
ambas
proposiciones
tienen
fundamento, pero
es innegable la
marginalidad de
compañeros
valerosos que,
debido a la
imposibilidad de
cargar con tales
dispensas,
quedan y
continuarán
quedando
excluidos de los
congresos
espíritas, como
los que han sido
realizados
últimamente por
diversas
federativas
estatales y aun
por la FEB.
¿Cuál sería
entonces, la
solución?
En primer lugar,
sería
interesante
examinar el
modelo adoptado
históricamente
por las llamadas
Semanas
Espíritas y por
los encuentros
estatales de
jóvenes
espíritas, algo
que marcó época
en los años 60
del siglo
pasado,
especialmente en
el Sudeste de
Brasil.
Las
acomodaciones en
alojamientos
improvisados en
escuelas
públicas o en
las propias
residencias de
los espíritas,
el transporte en
autobús fletado
por grupos de
participantes y
una mayor
simplicidad en
la organización
de los
encuentros,
aliados a
campañas de
promociones en
que en las
diferentes
ciudades
comprendidas por
el evento se
buscaban
recursos para
costear parte de
los gastos, he
ahí ideas que
podrían, con
toda la
seguridad,
permitir la
presencia en los
congresos de
personas de
reducidas
posesiones pero
que, como
participantes
del trabajo
efectivo
realizado en los
Centros
Espíritas, mucho
tienen que
ofrecer al
debate de los
temas
propuestos.
El local podría
también ser más
sencillo. En vez
de un centro de
convenciones
que, además de
caro, acoge a
pocas personas,
¿por qué no un
gimnasio de
deportes bien
equipado, como
se ve, de
ordinario, en
las
presentaciones
de los grandes
artistas del
país?
La entrada
debería
facilitarse al
público, sin
cobro alguno,
aceptándose
evidentemente la
contribución
financiera de
aquellos que,
pudiendo
hacerlo,
sumarían al
fondo común
obtenido en las
campañas sus
propios
recursos.
En un gimnasio
de deportes, con
capacidad para
cuatro, cinco
mil personas,
habría siempre
espacio para que
el público
simpatizante
pudiera
comparecer y
también
usufructuar las
enseñanzas
transmitidas por
nuestros
oradores.
El mensaje
espírita vino,
como sabemos,
para todas las
personas. Pero,
¿cómo ella
llegará a un
mayor número, si
es tan difícil y
costoso
participar de
sus eventos más
significativos?
Otro punto que
ya se discutió
mucho en el
pasado, y
continúa actual,
se refiere a la
selección de los
temas. Se ha
notado en
algunos
congresos una
preocupación
excesiva con la
imagen externa
del movimiento
espírita, la
única
explicación
capaz de
justificar el
nivel de
sofisticación
de ciertas
programaciones
que llegan a
veces al
absurdo,
pareciendo
hasta, en
determinados
casos, que no se
trata de un
congreso
espírita, tal es
el
distanciamiento
entre los
asuntos
programados y la
realidad en que
viven el pueblo
y las Casas
espíritas.
Los temas
deberían ser
llevados a
partir de los
Centros
Espíritas, de
sus carencias y
necesidades.
Obviamente, debe
haber lugar y
tiempo para
todo, pero no
podemos dirigir
los esfuerzos de
un congreso de
grande porte
para los
intereses de un
diminuto grupo,
de
una pequeña
élite, única
capaz de
comprender la
terminología y
los conceptos
registrados en
determinadas
conferencias,
mientras la
mayoría de la
población
brasileña sigue
sin saber
ciertamente lo
que es
Espiritismo y
cuáles son sus
diferencias en
relación a la
Umbanda y a la
religiones
africanistas.
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