¿Qué nos vendrá
después
de
la muerte?
¿Por qué tememos
tanto la muerte?
Variados son los
motivos, pero el
principal de
ellos es, sin
contestación, el
desconocimiento
de cómo se opera
esa transición
y qué nos
aguarda en la
vida en el
llamado más allá
de la tumba.
El asunto puede
parecer
inadecuado en
los días que
corren,
especialmente en
esta época en
que son tantas
esperanzas
inherentes al
inicio de un
nuevo año.
Además de eso,
vivimos en un
mundo que ya nos
ofrece inúmeros
problemas y, por
supuesto, pensar
en el tema
muerte es algo
realmente sin
propósito, salvo
para los que,
sintiéndose muy
cerca de ella,
entienden que se
aproxima el
final de su
permanencia en
el plan en que
nos encontramos.
Ocurre, sin
embargo, que la
llamada vida
espiritual – la
vida en el más
allá de la
tumba – no es
una meta a ser
atingida, pero
tan sólo una
fase de las
varias
experiencias que
el hombre tiene
que enfrentar en
su largo camino
hacia a la
perfección, esta
sí, es una meta
que Dios señaló
para nosotros.
Las personas de
nuestro tiempo
han luchado
mucho para darse
bien en la vida
y para que
puedan, de esa
manera,
disfrutar de las
cosas buenas que
el progreso de
la civilización
engendró. Todos
sueñan, sin
duda, con la
felicidad, un
objetivo
comprensible y
válido, pero tal
preocupación
puede revelarse
un desastre si
dejamos de lado
los valores
inherentes al
espíritu para
que aseguremos
una existencia
sin sobresaltos.
Las
comunicaciones
transmitidas por
los espíritus
nos revelan que
la vida en el
más allá de la
tumba es una
especie de
continuación de
la existencia
corpórea, con la
diferencia de
que los valores
y las
preocupaciones
allí reinantes
llevan en cuenta
nuestra
condición de
Espíritus
inmortales,
delante de lo
que la vida
terrena se
presenta como un
lance rápido,
efímero y
transitorio.
Con efecto, por
más larga que
sea nuestra
permanencia en
este plan, los
años pasados en
una existencia
corpórea forman
un periodo de
tiempo irrisorio
si comparado con
la eternidad que
se abre a
nuestros
Espíritus.
En el más allá
de la tumba el
hombre continúa
a vivir
integralmente,
con las
cualidades, los
defectos, los
sentimientos y
los recuerdos
que lo
sensibilizan.
La muerte no
debería, por
eso, asustar a
nadie, una vez
que nada
perdemos con
ella, a no ser
el cuerpo
material, que
ninguna falta
hace al Espíritu
liberto, que se
expresa entonces
en otro cuerpo,
semejante al
primero, al cual
Paulo de Tarso
llamaba de
cuerpo
espiritual y
Kardec definió
como envoltorio
sutil del alma,
o periespíritu.
La muerte nos
atinge de
maneras
diferentes,
según la
condición moral
de cada uno.
Enseña el
Espiritismo: “La
causa principal
de la más grande
o más pequeña
facilidad de
desprendimiento
es el estado
moral del alma.
La afinidad
entre el cuerpo
y el
periespíritu es
proporcional al
apego a la
materia, que
atinge su máximo
en el hombre
cuyas
preocupaciones
dicen respeto
exclusiva y
únicamente a la
vida y a los
gozos
materiales”. (El
Cielo y el
Infierno según
el Espiritismo,
de Allan Kardec,
2ª Parte, cap.
1, ítem 8.)
Existe, pues,
una relación
directa entre la
manera por la
cual vivimos en
el mundo y el
comienzo de la
vida en el más
allá de la
tumba, por lo
cuanto el
desprendimiento
del alma, en
seguida a la
muerte corporal,
es semejante al
despertar de la
persona que
renace para una
nueva existencia
corpórea. El
desprendimiento
del alma es el
inicio de su
reentrada en el
llamado mundo
espiritual.
Dos conclusiones
podemos sacar de
las enseñanzas
arriba.
La primera es
esta: Es
necesario
comprender mejor
el sentido de la
vida, que no se
resume a los
pocos años que
componen nuestra
existencia
corpórea.
La segunda
conclusión es
que, sometidos a
la ley del
progreso,
tenemos el deber
indeclinable de
trabajar por
nuestra mejora
moral,
identificándonos
con la vida
espiritual y
abdicando, se
necesario, de
las ventajas
inmediatas en
favor del
futuro, una
realidad que,
según el
Espiritismo, se
desarrolla
incesantemente a
nuestros ojos.
|