Débora, de sólo siete
años, era niña bastante
experta y activa.
Observaba todo y
prestaba atención en
todo.
Cierto día, la niña fue
con los padres a visitar
a los abuelas paternos
que vivían en una ciudad
próxima.
La llegada fue una
alegría para Débora, que
le gustaba mucho la
abuela Catarina y del
abuelo José.
|
 |
La abuela vino a
recibirlos con gran
alegría, y ella
inmediatamente preguntó:
— Abuela, ¿dónde está el
abuelo José?
 |
La abuelita explicó que
el abuelo estaba
acostado. Él no había
pasado bien el día
anterior y fue al
médico, que recomendó
reposo y pidió algunos
exámenes.
Preocupado, Gilberto,
padre de Débora, fue
inmediatamente hasta el
cuarto del padre. Lo
saludó y, dándole un
abrazo, preguntó:
|
— ¿Qué pasó, papá? ¡Tú
me pareces bastante
abatido!
A lo que el viejito
respondió risueño:
— Eso no es nada, hijo
mío. ¡Bobadas!
— ¿Cómo una bobada,
papá? ¡Tú necesitas
cuidar más de tú salud!
— Estoy bien, hijo mío.
¡Pero déjame dar un
abrazo a la nieta más
linda del mundo! —
concluyó, al ver a la
niña que entraba detrás
del padre.
Abrazó a Débora, y
después le contó a ella:
— Tienes una sorpresa
guardada para ti en el
armario. Es sólo para
pedir a la abuela.
— Gracias, abuelo.
Y Débora, curiosa para
ver el regalo, ya estaba
saliendo del cuarto
cuando oyó a su padre
decir, muy serio:
— Papá, tú necesitas
parar de tomar tus
aperitivos. ¡Con
seguridad, no te hacen
bien! El alcohol altera
la presión y puede
provocarte un problema
más grave. ¿Quién sabe
si el malestar que
tuviste ayer ya no es
consecuencia de eso?
Débora escuchó asustada
lo que su padre le había
dicho y quedó muy
preocupada.
El resto del día ellos
lo pasaron en la
residencia de los
abuelos y, al anochecer,
volvieron para casa
contentos, tras horas
tan agradables. El
abuelo José estaba mucho
mejor y la abuela
Catarina más tranquila.
 |
Algunos días después,
intentando encontrar
unos documentos,
Gilberto ya buscó en
toda la casa sin
resultado. Entonces,
decidió buscar en el
lugar más improbable: el
armario en la sala donde
él guardaba algunas
botellas de vino.
Al abrir el armario él
se quedó sorprendido:
¡estaba completamente
vacío!
|
Gilberto se extrañó.
¿Quién habría retirado
de allí todas las
botellas?
Inmediatamente, fue
hasta la cocina, donde
la esposa preparaba el
almuerzo y le preguntó:
— Vera, ¿fuiste tú que
vaciaste el armario de
la sala?
— ¡No, claro que no!
— Será que fue la
limpiadora?
— No, querido, ella no
haría eso sin una orden.
— Entonces, ¿quién fue?
En ese momento, Débora
llegaba de la escuela y,
entrando en la cocina,
oyó la conversación de
los padres. Con un poco
de miedo, ella confesó:
— Fui yo, papá.
Gilberto llegó cerca de
la hija muy enfadado y
puso las manos en la
cintura:
— ¿Por qué hiciste eso,
jovencita?
La niña respondió
temblando:
— ¡Papá, no estés
enfadado conmigo! ¡Es
que estaba preocupada
contigo!
— ¿Preocupada conmigo?
¡Ahora esto! ¿Y por qué?
— Entonces, papá, como
tú estabas preocupado
con el abuelo José,
también quedé preocupada
contigo, que eres mi
padre. ¡No quiero que
también quedes enfermo!
Entonces la chica
explicó que, oyendo la
conversación entre el
padre y el abuelo, creyó
que el padre también
podía quedar enfermo a
causa de la bebida y
decidió tirar todo a la
basura. Y concluyó:
— Y tiraste todo fuera?
— ¡Lo tiré!...
Y completó, mostrando
gran coherencia para una
niña de su edad:
— Tras abrir y vaciar
las botellas, pues yo no
quería que alguien,
cogiéndolas de la
basura, también quedara
enfermo.
Admirado de la lógica de
la hija, Gilberto
suspiró, recordando los
vinos caros que fueron
perdidos. Sin embargo,
no dejó de reconocer el
coraje y la
determinación de Débora
que hube tomado una
actitud, por creer que
sería la mejor, aunque
pudiera tener
consecuencias.
Gilberto se sentó, cogió
a la hija en los brazos,
la abrazó y dijo
conmovido:
— Gracias, hija mía por
mostrarme esa verdad. Tú
tienes razón. La bebida
alcohólica no hace bien
a nadie.
— Entonces, ¿tú no estás
enfadado conmigo, papá?
— No, hijita.
La niña respiró hondo y
exclamó:
— ¡Menos mal! ¡Después
que tiré las botellas,
quedé con miedo y pedí a
Jesús que me ayudara y
me protegiera!...
Meimei
(Recebida por Célia X.
de Camargo, em
7/3/2011.)
|