Dulce estaba llena de
trabajo y no sabía qué
hacer. Necesitaba
entregar unas
investigaciones y, como
estaba atrasada para
terminar la tarea, el
jefe le dio un plazo:
hasta el final del día.
A la mañana siguiente,
sin falta, él quería el
servicio encima de su
mesa. Y ella no sabía
qué hacer, pues sola, no
lo iba a conseguir.
Su hijo Lucas, de doce
años, viendo a la madre
muy preocupada, preguntó
qué estaba ocurriendo, y
ella le explicó el
problema. Condolido al
saber de la situación,
él se propuso a ayudar.
— No, hijo mío. El
servicio es mío y yo
tendré que hacerlo.
Cueste lo que cueste.
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— ¡Mamá, tú me ayudas
siempre! ¿Por qué no
puedo contribuir de
alguna forma? ¿Es
difícil el trabajo?
—
No, hijo mío. Son unos
papeles que necesitan
ser colocados en orden.
El servicio es simple,
pero lleva mucho tiempo.
Aunque tú me ayudes,
sólo nosotros dos no
conseguiremos terminar a
tiempo.
El chico pensó un poco y
encontró una salida:
— ¡Mamá, tuve una idea!
Llamaré a mis amigos.
¡Hoy por la tarde no
tendremos aula y ellos
podrán ayudarnos!
La madre concordó
contenta con la
sugerencia. En poco
tiempo, tres chicos
estaban reunidos y
animados para comenzar a
trabajar. Dulce explicó
lo que deberían hacer y
prometió a cada uno una
pequeña cuantía y una
bella merienda al final.
Como los niños no
quisieron recibir el
dinero, ella volvió:
— ¡Hago cuestión! No es
por el trabajo de
vosotros, sino en
agradecimiento por la
ayuda que están dándome.
¿Todo bien? ¡Entonces,
manos a la obra!
Dulce les explicó lo que
deberían hacer y ellos,
acomodándose en una
mesa, comenzaron a
trabajar. Algún tiempo
después, otros dos
jovencitos llegaron y
fueron invitados a
participar, aceptando
con placer. Más tarde,
apareció un amigo más de
Lucas, y también se
integró al grupo.
Con tantos auxiliares,
Dulce tuvo el servicio
terminado a tiempo. Al
día siguiente, tendría
que entregarlo en la
oficina.
Entonces, antes de
servir la merienda, ella
decidió entregar a sus
auxiliares la cuantía
que les prometió. Dulce
dio a todos la misma
importancia.
Notó, sin embargo, que a
los dos primeros no les
gustó. Viéndoles la cara
seria, descontentos,
ella les preguntó qué
estaba pasando. Como
ella insistiera, uno de
ellos acabó
desahogándose:
— ¡No es justo, doña
Dulce, que la señora de
a este compañero que
llegó por último lo
mismo que a nosotros,
que estamos aquí durante
toda la tarde
trabajando!...
Pero la dueña de la
casa, sin molestarse,
explicó:
— ¿Pero vosotros no
recibisteis lo que
combinamos? ¿Yo os
perjudiqué de alguna
forma?
— No — respondieron los
dos descontentos.
— ¡Entonces! Y aún estoy
profundamente agradecida
a vosotros por la ayuda
que me disteis. Pero, si
el dinero es mío, y yo
quiero dar a este último
chico tanto cuanto di a
vosotros, ¿cuál es el
problema? Encontré que
él trabajó estuvo muy
bien y rápido, a pesar
del horario.
¿Posiblemente no puedo
hacer eso?
— Puede, pero...
Y Dulce, pensó un poco,
y completó diciendo:
— Siempre que no sé como
actuar, cuando tengo una
duda, yo busco la
solución en el
Evangelio. ¡De ese modo,
sólo seguí el ejemplo
que Jesús nos da en la
parábola de los
Trabajadores de la
Última hora, intentando
ser justa!
Ambos bajaron la cabeza
notando que Dulce tenía
toda la razón.
Realmente, ellos sabían
que, durante aquella
tarde, habían jugado
bastante, perdiendo un
tiempo precioso.
— ¡Discúlpenos! —
dijeron ellos,
arrepentidos.
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Dulce los abrazó, llena
de cariño, y en seguida
invitó:
— ¡Vamos para el porche,
donde está servida una
merienda con derecho a
una deliciosa tarta de
chocolate!
Alegres, los chicos se
dirigieron hasta el
lugar, ya olvidados del
pequeño incidente.
Comieron y
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conversaron
bastante en
aquel resto de
tarde, felices
también por la
ocasión de poder
ser útiles. |
Dulce aún tendría
bastante que hacer para
arreglar todos los
papeles, pero, gracias a
la ayuda de los amigos
de su hijo Lucas, a la
mañana siguiente
entregaría su trabajo
dentro del plazo.
Meimei
(Recebida por Célia
Xavier de Camargo, em 18
de abril de 2011.)
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