Cierta ocasión, en un
gran bosque, nació un
venadito que era toda la
alegría de sus padres.
Él fue creciendo y, con
el tiempo, se hizo muy,
pero muy curioso. La
mamá, llena de cuidados,
lamiendo su pelo suave
con cariño, decía:
— Hijo mío, juguetea con
tus amigos aquí cerca,
no vayas para lejos. ¡El
bosque está lleno de
peligros y tú aún eres
pequeño y no sabes
defenderse!
Más allá de curioso,
el...era también
desobediente.
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Así, un día él despertó,
extendió las largas
piernas y, mirando el
lindo sol que brillaba
allá en lo alto, decidió
pasear por el bosque.
Vavá tenía curiosidad de
conocer otros lugares,
de ver animales
diferentes.
Así, él comenzó a andar
por el bosque. Él
miraba, admirado, los
grandes árboles que
parecían tocar el cielo.
Habló con los pajaritos,
con las mariposas, con
un erizo que salía de su
escondrijo, con un oso
hormiguero que estaba a
la caza de hormigas y
con un conejo.
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De repente, sus nuevos
amigos miraron asustados
para un lugar, y
gritaron:
— ¡Esconderos!...
Cuando él miró de nuevo,
ellos habían
desaparecido. Sin
entender lo que había
ocurrido, el venadito
quedó triste. Estaba
solo de nuevo.
Pero, de repente, él oyó
un rugido asustador.
Enseguida, un gran
animal apareció. Estaba
todo pintado y andaba
suavemente.
Deseando hacer amistad,
el venadito hizo mención
de aproximarse, pero el
animal dio otro rugido,
y él, aterrorizado,
salió corriendo,
ingresando en el bosque,
con el otro en su
dirección.
Tras mucho correr,
cansado y con el corazón
saltando, Vavá paró,
escondiéndose en medio
de la vegetación. En ese
momento él se acordó de
lo que su madre le hubo
dicho: que él debería
tener mucho cuidado con
el lince pintado, el
animal más peligroso del
bosque. ¡Entonces, lo
que lo perseguía era un
lince!...
El venadito se puso a
temblar de miedo,
pensando. ¿Por qué no oí
los consejos de mi
madre? ¡Si hubiera
escuchado, ahora no
estaría allí, aterrado,
temiendo ser descubierto
en cualquier instante!
¿Y ahora? ¡Estoy
perdido!... Si yo salgo
de esta, nunca más voy a
desobedecer a mi madre,
¡lo prometo!...
Como todo estaba quieto
y el venadito no
escuchara ruido ninguno,
él se animó a salir del
escondite.
Irguiendo lentamente las
piernas finas y flojas,
él miró de un lado y de
otro, y nada vio.
Entonces, más tranquilo,
salió de donde estaba.
De súbito, muy cerca de
él, oyó un rugido
terrible y vio los ojos
del felino fijos en él.
El lince pintado estaba
bien próximo,
preparándose para
saltar sobre él.
Entonces, el venadito
dio un salto y comenzó a
correr, hasta que,
exhausto, no aguantando
más, paró echado al
tronco de un árbol, sin
fuerzas para continuar
huyendo.
Con las piernas
trémulas, vio al gran
animal aproximarse.
Sabía que no tenía más
remedio. Iba a morir en
las garras del lince.
De repente, él vio un
enjambre de abejas que
salió de un agujero en
el tronco del árbol y
partió por encima del
lince. Picadura por
doquier, el lince no
tuvo otro remedio sino
huir rápidamente.
El venadito aprovechó la
oportunidad y corrió en
sentido contrario,
tomando el rumbo que lo
llevaría de vuelta para
casa.
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La madre, al verlo
llegar todo aterrado,
preguntó:
— Hijo mío, ¿por qué
estás así, temblando de
miedo? ¿Qué ocurrió?
Y el venadito contó a la
madre lo que había
pasado, terminando por
decir:
— ¡Ah, mamá! ¡Fui
perseguido por un enorme
lince pintado! Gracias a
la ayuda de un enjambre
de abejas, que lo
atacaron, pude escapar.
La madre lo miraba con
expresión amorosa:
— ¡Gracias a Dios, hijo
mío, tú volviste sano y
salvo! ¿Estás viendo? Es
peligroso aventurarse
solo por el bosque,
especialmente tú que
eres muy joven aún y sin
experiencia. Si no fuera
por las abejas tú no
habrías escapado.
El pequeño venado,
acomodado al lado de la
madre, que le lamía el
pelo con ternura,
concordó:
— Tienes razón, mamá.
Ahora yo sé que tú sabes
lo que dices, y que debo
ser más obediente.
Podría no haber vuelto
para casa hoy... y no
ver más a mi familia.
Sus ojos estaban húmedos
al pensar en esa
posibilidad. Después, él
miró a la madre, y
completó:
— Madre, creo que todo
lo que ocurrió fue
importante para mi
aprendizaje. Esa
aventura me sirvió de
lección, para que yo
nunca más haga lo que no
debo y corra peligros
innecesarios.
MEIMEI
(Recebida por Célia X.
de Camargo, Rolândia
(PR), em 18/7/2011.)
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