Leonel nació en un hogar
muy pobre. Sus padres,
que no tuvieron
oportunidad de estudiar,
trabajaban de sol a sol
en el campo. Y, por
tener tres hijos más,
vivían con mucha
dificultad, no era raro
hasta sin tener comida
para alimentar a los
hijos.
No aceptando esa
situación de miseria, a
los diez años Leonel
huyó de casa y fue para
la ciudad, donde tuvo el
amparo de una pareja
que, llenos de
compasión, decidieron
ayudarlo. Así, el niño
fue para la escuela,
beneficiándose con la
luz del conocimiento.
Creció, se hizo hombre.
La pareja, que lo amaba
como hijo del corazón,
murió en un accidente de
coche. Como no tuviera
otros descendientes,
Leonel recibió toda la
herencia, que no era
grande, sin embargo
mucho más de lo que él
hubo soñado poseer.
Ahora, dueño de su vida
y con algún dinero,
Leonel multiplicó lo que
hubo recibido, haciendo
negocios, invirtiendo en
títulos, oro y joyas.
Construyó un pequeño
sótano, debajo de la
casa, que él mantenía
cerrado y donde colocaba
todos sus tesoros.
Leonel se casó con Alice
y tuvo dos hijos. Sin
embargo, tenía mucho
miedo de perder lo que
había conquistado con
tanta
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dificultad. De
ese modo,
obligaba a la
familia a llevar
una vida
miserable, donde
la propia
alimentación era
moderada. La
familia pasaba
necesidad de
cosas básicas,
material
escolar, ropas,
calzados. Y su
esposa,
protestaba a
favor de los
hijos: |
— ¡Leonel, nuestros
hijos necesitan de ropas
nuevas y calzados! ¡No
pueden salir con ropas
rasgadas!
— ¿Por qué no las
remiendas? Mi dinero no
es para gastar en
futilidades. ¡Si
ellos quieren nuevas
ropas, que las compren!
— Pero, ellos son
pequeños, querido;
necesitan estudiar. No
tienen edad para
trabajar.
— Pues con la edad de
ellos, yo ya trabajaba
en la siembra.
Cansada de argumentación
en vano, la pobre madre
se callaba. Y así el
tiempo fue pasando.
Cierto día, Leonel
necesitó viajar por
negocios por varios días
y no dejó dinero.
Cansada de aquella
miseria, después de la
partida de él, Alice fue
con los hijos para la
casa de sus padres, en
un barrio distante.
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Cuando Leonel volvió,
después de una semana,
quedó aterrado. Vio que
la casa había sido
completamente destruida
por el fuego.
Al verlo llegar, los
vecinos corrieron a
encontrarlo.
— ¡Leonel! ¿Dónde estaba
usted? Su casa se
incendió e intentamos
apagarlo, pero sin
éxito. ¡Nadie supo
explicar lo que ocurrió!
¡Cuando vimos, las
llamas ya habían
alcanzado toda la casa!
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Leonel lloró
copiosamente,
desesperado. Durante
aquellos días de
ausencia, hubo sentido
mucha falta de la esposa
y de los fijos. ¿Donde
estarían ellos? ¡Con
seguridad estarían
muertos! Dios lo había
castigado por su
avaricia, retirando lo
que él tenía de más
valioso. Se puso a
gritar:
— ¡Dios mío, perdóname!
¡Quiero a mi familia de
vuelta! ¡Alice, mis
hijos, perdonadme! ¿Qué
será de mí sin vosotros?
El vecino lo calmó,
explicándole que los
bomberos sólo
encontraron destrozos de
cosas quemadas. Y
concluyó:
— Nadie vio a tu familia
por aquí. Extrañé la
ausencia de ellos. Si
hubiésemos tenido la
llave, los bomberos aún
habrían conseguido
salvar alguna cosa...
En ese momento, Alice y
los hijos venían
llegando. Sabiendo que
era el día de volver
Leonel, volvían para
casa cuando vieron todo
destruido.
Al verlos, Leonel los
abrazó con lágrimas,
agradeciendo a Dios por
haberlos preservarlos.
— ¿Qué pasó Leonel?!...
— indagó Alice.
— No sé, querida. Nadie
sabe la razón del
incendio.
Pero, ¿dónde estábais
vosotros?
— Como tú no habías
dejado dinero y no
teníamos qué comer,
nosotros fuimos para la
casa de mis padres —
explicó ella, temerosa
de la reacción del
marido.
Leonel le pidió perdón,
avergonzado de sus
actitudes, afirmando
que, gracias a eso, no
habían muerto.
Después, perplejo,
Leonel miraba la casa
destruida, donde todo
estaba negro y el olor
de cosas quemadas aún
era fuerte, pensando:
¿dónde habría comenzado
el incendio?
¡De repente, él se
acordó! Antes de viajar,
había ido hasta su
escondite para apreciar
una vez más sus tesoros.
Como él no había hecho
la conexión eléctrica,
encendía una vela toda
vez que quería iluminar
el cuartito. ¡En la
prisa de viajar, había
olvidado la vela
encendida!
Con el corazón amargado,
caminó en medio de los
destrozos, preocupado
con su tesoro, pero nada
encontró. Ciertamente
los títulos se habían
quemado; el oro y las
joyas, alguien ya los
habían encontrado y
llevado.
Preocupada, Alice
preguntó al marido:
— Leonel, ¿qué va a ser
de nosotros, ahora sin
nuestra casa, sin
recursos para vivir?
Por primera vez en todos
aquellos años de
convivencia, él la
abrazó,
tranquilizándola:
— ¡Querida, no te
preocupes! ¡Tenemos lo
suficiente para proveer
las necesidades de la
familia, gracias a Dios!
Después, envolviendo a
la esposa y los hijos en
un gran abrazo,
concluyó:
—Todo lo que perdimos
nada significa. No hay
tesoro mayor para mí que
vosotros. Continuar con
nuestra familia reunida
es lo que más pido a
Dios. A partir de hoy,
comienza una nueva vida
para nosotros. ¡Vosotros
tendréis todo lo que
merecéis, yo lo prometo!
Los niños tocaron las
palmas, contentos. El
padre prosiguió:
— ¡Y hay más! He sentido
añoranza de la casa de
campo donde nací. Quiero
que conozcáis a mis
padres y hermanos.
Iremos a visitarlos y,
si ellos aceptan,
pretendo traerlos para
vivir con nosotros.
Los niños intercambiaron
una gran sonrisa,
felices por la
oportunidad de conocer a
los abuelos paternos y
los tíos. Y Alice sintió
su corazón llenarse de
nuevas esperanzas
delante de aquellas
palabras. Una nueva vida
repleta de amor y
felicidad comenzaba para
toda la familia.
MEIMEI
(Mensagem recebida por
Célia X. de Camargo,
Rolândia-PR, em
19/09/2011.)
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