Cierta vez, una avecita,
diferente de sus
hermanas y hermanos,
nació con dificultades
de expresión. Su
cabecita no conseguía
pensar bien y, mientras
los otros pajaritos
cantaban lindamente, él
solamente gritaba
sonidos.
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Pero no era
solamente eso. Tinho
– era su nombre –
también tenía
dificultad para
caminar y volar como
los otros pájaros,
necesitando siempre
del cariño y del
apoyo de los
hermanos que lo
amaban y cuidaban de
él con mucha
dedicación.
El tiempo pasó y
Tinho creció. Con
todo, llegó un
momento en que,
incluso atentos, la
madre y los hermanos
no pudieron
ayudarlo.
En cierta ocasión,
en el jardín donde
vivía, el jardinero
pasó el rastrillo
para hacer la
limpieza
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del terreno y,
reuniendo toda la
suciedad, hojas y
ramas secas,
encendió fuego en la
basura. |
La avecita, que iba de
un lado para otro en la
vegetación, buscando
alimento, cansada de
jugar y de volar, se
aquietó y durmió. No
notó que el jardinero
hubo encendido fuego
allí cerca. Cuando
percibió el peligro, ya
era tarde. ¡Fue
alcanzado por el fuego!
Con las alitas
chamuscadas y las
garritas quemadas, Tinho
intentó volar, pero no
lo consiguió.
Sentía mucho dolor, pero
no conseguía llamar a
nadie, gritar socorro.
Cuando la madre, que
nunca se descuidaba de
él y lo buscaba, lo
encontró, él ya estaba
herido.
Entonces, la madre se
puso a piar pidiendo
socorro. Los otros
oyeron el grito de la
madre y vinieron a
ayudarla. Juntos,
consiguieron retirarlo
del fuego con extrema
dificultad y llevarlo
para un lugar seguro.
Como el papá pajarito ya
había pasado para el
otro lado de la vida, la
tarea cupo a la madre y
a los hermanos, que
cuidaron de él con
infinito cariño,
ayudándolo en todo lo
que podían.
Sin embargo, las heridas
causadas por el fuego
eran muy graves. Por
eso, llegó el momento en
que la avecita no podía
continuar sufriendo más.
Necesitaba liberarse de
aquel sufrimiento que
por meses le había
mantenido preso al
cuerpecito pequeño,
frágil y con quemaduras.
De ese modo, Jesús, que
es todo amor y
misericordia, decidió
liberar al pajarito de
las amarras que lo
prendían al cuerpo
físico.
Entonces, finalmente, la
avecita, liberada en
espíritu, voló para el
espacio al encuentro de
todos aquellos que lo
amaban, siendo recibido
con mucho amor por su
papá.
El Ángel de la Guardia,
que también vino a
recibirlo, envolvió a la
avecita liberada con
ternura, diciéndole con
cariño:
— Seas bienvenido al
Reino del Amor. Tú
hiciste por merecer por
haber sabido enfrentar
la existencia de
dificultades que
recibiste. Era necesario
que así fuera para que
aprendieras la lección
del amor. Tus
dificultades en esta
última existencia eran
manchas que trajiste del
pasado y
que marcaban tú
espíritu, y que
necesitaban ser
eliminadas. Ahora,
liberado de las amarras
que te prendían al
cuerpo físico, reposa
hijo mío, pues tú bien
lo mereces.
Después de rehacerse por
algún tiempo, la avecita
despertaría para una
nueva vida llena de
bendiciones y de
alegrías, cierta de que
su sufrimiento no fue en
vano. Que ella
necesitaba pasar por él
para reajustarse ante
las Leyes Divinas.
Y así la avecita
liberada, exhausta
de la lucha que
había enfrentado,
pero feliz,
sintiéndose ligera y
renovada, finalmente
adormeció en los
brazos de su
padre.
Ahora, sin dolores y
sin sufrimientos,
Tinho podía volar
por los jardines,
sentir el viento
tocar sus plumas,
aspirar el perfume
de las flores,
hablar con las
mariposas, con los
otros pájaros, con
los árboles, con las
plantas.
Y quien lo viese
así, preguntaría:
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— ¿Quién es esa
avecita luminosa que
pasa por nuestro
jardín? |
Y un sabio pájaro de más
edad respondería:
— ¡Esa es una ave que
venció las dificultades
de la vida y ahora vive
en otro jardín, en el
mundo espiritual, mayor
y más bonito que el
nuestro!
MEIMEI
(Mensaje recibido por
Célia X. de Camargo el
25 de julio de 2011, por
ocasión de la vuelta al
mundo espiritual del
querido Vicente Pallotti
Pennacchi.)
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