Rodolfo era un niño muy
inteligente. Había
nacido en un hogar de
bases sólidas, en que
los padres buscaban
darle lo mejor.
A pesar de eso, Rodolfo
no se interesaba por
nada que representara
necesidad de estudio y
perfeccionamiento.
Gustaba aún de jugar,
jugar a la pelota con
los amigos y ver la
televisión.
Los padres se
preocupaban con el
comportamiento del hijo,
cuyo resultado era ir
mal en la escuela
cogiendo siempre las
peores notas de la
clase.
La profesora alertó a
los padres, llamándolos
un
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día a la escuela
para hablar: |
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– Rodolfo es un chico
vivo e inteligente.
Pero, si continúa así no
será aprobado a finales
del año. Además de eso,
sus compañías son las
peores y temo que, si no
fuera tomada una
actitud, tendremos
problemas serios en el
futuro.
Los padres de Rodolfo
agradecieron a la
profesora y volvieron
para casa sumamente
aprensivos, pensando
cuál era la mejor
actitud a ser tomada.
Aprovechando un momento
propicio, llamaron a
Rodolfo e iniciaron un
diálogo con él,
hablándole, con amor,
sobre la necesidad de
cambiar de vida.
No valieron consejos y
sugerencias,
llamamientos a la
disciplina y amenazas de
correctivos. Rodolfo
estaba obstinado,
respondiendo siempre:
– No vale. No me gusta
estudiar. Quiero salir
de la escuela.
– Pero, hijo mío, tú
sólo tienes diez años y
toda la vida por
delante. Necesitas
prepararte para el
futuro. Aprender, para
enriquecerse
interiormente y ser un
ciudadano útil a la
sociedad, cuando
crezcas.
– No vale. Esta es la
vida que a mí me gusta.
No quiero estudiar más.
Los padres se callaron
viendo la inutilidad de
continuar dialogando con
él.
Fueron a acostarse
preocupados. ¿Qué hacer?
Elevando el pensamiento
al Creador, suplicaron
ayuda en la educación
del hijo. Espíritas que
eran, no ignoraban que
Rodolfo era un Espíritu
que había venido a la
Tierra para progresar, y
que ellos, sus padres,
eran responsables por su
vida.
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Un Espíritu amigo, que
fuera abuela del niño
cuando estaba encarnada,
conmoviéndose con la
situación de los padres
y también preocupada con
el futuro del nieto,
deseando auxiliar, tuvo
una idea.
Se aproximó a la cama
del chico, que se había
acabado de acostar, y
aguardó.
Adormeciendo, Rodolfo
salió del cuerpo y vio a
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la abuela al
lado de la cama
con los brazos
extendidos en su
dirección: |
– Ven, Rodolfo, quiero
que veas algunas cosas
interesantes.
– ¡Abuela Lúcia! ¿Para
dónde vamos?
– Tú verás. Ven conmigo.
Tomando la mano del
nieto, la señora lo
llevó por el espacio,
volando a gran
velocidad.
Rodolfo estaba
sorprendido y
entusiasmado con la
novedad. Le
gustaban las aventuras.
Descendieron en un lugar
muy lindo donde unos
niños hacían un
concierto al aire libre,
en medio de un jardín,
tocando melodías
bellísimas.
Encantado, sintiendo
enorme bienestar,
Rodolfo exclamó:
– ¡Que belleza! ¿Dónde
estamos, abuela?
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– En un mundo muy
distante de la Tierra.
– ¡Me gustaría saber
tocar músicas tan
bellas! – dijo él.
– Sí, pero para eso es
preciso el esfuerzo del
aprendizaje. Esos niños
hace largo tiempo se
dedican al arte de la
música.
Dejando aquel ambiente
de paz y armonía, la
abuela llevó a Rodolfo
para otro lugar,
igualmente bello y
agradable, donde muchos
niños se dedicaban al
arte, algunos diseñaban,
otros pintaban y otros
esculpían estatuas
primorosas.
– ¿Como consiguen hacer
cosas tan bellas y con
tanta perfección? –
indagó Rodolfo,
deslumbrado.
– ¡Ah! Necesitaron de
mucho esfuerzo,
dedicación y
perseverancia para
desarrollar el arte que
ahora expresan.
Partiendo de allí, en
otro lugar que parecía
una escuela, Rodolfo vio
niños escribiendo poemas
y haciendo textos que
serían, más tarde,
usados en libros.
– ¡Pero son sólo niños!
– Consideró – ¿Cómo
consiguen escribir tan
bien?
– Son Espíritus que se
dedican a la literatura
y que se preparan para
enviar a los encarnados
el resultado de sus
trabajos y de sus
conquistas. Pero, para
eso, necesitaron
estudiar mucho.
Dejando el ambiente
saturado de armonía, la
abuela llevó a Rodolfo a
otro lugar. Alejándose
de las regiones celestes
y agradables, de cielo
limpio y azul, bucearon
en un ambiente pesado,
de densa neblina, donde
Rodolfo vio a criaturas
oscuras, de aspecto feo,
sufriendo, llorando y
lastimándose.
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Asustado, el corazón
latiendo a saltos,
Rodolfo indagó:
– ¿Qué lugar es ese,
abuela? ¿Quiénes son
esas personas?
Mirando apenada aquellos
infelices, la señora
explicó:
– Esos, Rodolfo, son
Espíritus que, en la
Tierra, sólo pensaron en
gozar la vida,
entregados al
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egoísmo y a la
inutilidad.
Vivieron sólo
para sí mismos.
No buscaron
aprender para
progresar y
mejorar
íntimamente.
Hoy, cogen lo
que plantaron.
Tú viste
regiones
siderales de
gran belleza en
que Espíritus
buenos se
dedican al
perfeccionamiento
de sus
potencialidades,
buscando
realizar lo
mejor, para sí
mismos y para el
prójimo. Aquí,
está el lado
opuesto de la
moneda. Donde
existió el
egoísmo, la
pereza y la
indiferencia,
ahora conviven
el dolor, el
sufrimiento y el
remordimiento,
por no haber
aprovechado las
oportunidades
que Dios les
dio. |
Asustado, Rodolfo tuvo
voluntad de huir de
aquel lugar lleno de
gritos y lamentos. Nada
más vio y despertó en su
cama, bañado en sudor,
temblando de miedo.
El día comenzaba a
clarear. Rodolfo se
acordaba nítidamente del
sueño que había tenido
con la abuela Lúcia.
Sentía que no fuese un
sueño, que realmente se
había encontrado con la
abuela.
Cuando la madrecita vino
a despertarlo para ir a
la escuela, lo que era
siempre un momento
difícil, lo encontró
preparado y listo para
tomar el café.
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Sorpresa, la madre
preguntó, notándolo
diferente:
– ¿Qué pasó, hijo mío?
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– Nada. Hoy estoy con
ganas de estudiar.
Tia Célia
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