Carlos era un niño muy
pobre. Su familia era
honesta y buena, pero
pasaba siempre por
muchas privaciones.
Cuando Carlos
protestaba, su padre,
que era un hombre de fe,
respondía:
− Mi hijo, lo poco con
Dios es mucho para
nosotros. Más vale tener
paz de espíritu que
vivir
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atormentados en
el mundo. Ten
fe, todo va a
cambiar. Vamos a
confiar en
Jesús. |
− ¡Pero, papá, tú
podrías conseguir otro
empleo! Nuestro vecino
dijo que van a cambiarse
para una casa mejor
porque el padre de él
ahora consiguió un nuevo
empleo.
− Yo sé, hijo. Sin
embargo, nuestro vecino
estudió y yo no.
Necesito contentarme con
lo que puedo hacer -
respondió el padre,
pesaroso.
Rebelado delante de esa
situación, Carlos creció
decidido a cambiar su
vida. Algunos años
después, sus padres
fallecieron y él dejó su
ciudad natal y fue para
una ciudad grande.
Trabajó mucho para pagar
sus estudios, pero se
sentía victorioso. Se
hizo abogado y comenzó a
trabajar en una oficina
de abogacía.
Trabajando, luego el
dinero comenzó a llegar
a montones. Carlos
aceptaba cualquier
trabajo, aunque no fuera
muy correcto.
Así, él enriqueció. Se
casó y constituyó una
familia; una pareja de
hijos vino a alegrar su
hogar. Sin embargo,
Carlos trabajaba mucho,
no tenía horario para el
merecido reposo y, no
era raro, durante la
noche, era llamado para
atender a un cliente que
fuera prendido.
Los recursos continuaban
llegando, abundantes.
Ahora, ellos vivían en
un barrio noble de la
ciudad, en un verdadero
palacete. Por necesidad
de mayor seguridad,
tuvieron que proteger
los muros, que ya eran
altos, con sistema de
alarma.
Ahora, se sentían más
protegidos contra
asaltos, sin embargo,
por el tipo de trabajo
que Carlos ejercía,
necesitó también
contratar seguridades
para él, para la esposa
y para los hijos.
¡A pesar de la bella
casa y de todas esas
providencias, nadie
estaba feliz! Los hijos
protestaban que no
podían jugar libremente
con sus amigos. La
esposa protestaba que, a
pesar de la linda
piscina, no conseguía
tomar sol durante el día
y, a la noche, no
conseguía ver el cielo
estrellado en aquella
ciudad donde la polución
cubría todo.
− ¿De qué estáis
vosotros protestando? –
él replicaba sin
conformarse –
¡Finalmente, ahora
tenemos todo lo que
podríamos desear! Somos
envidiados por todas las
personas. ¡Mis padres,
si aún estuvieran vivos,
con seguridad tendrían
orgullo de mí!
La esposa y los hijos
bajaban la cabeza,
conformados, pues no
servía contradecirlo.
Sin embargo, en el
fondo, Carlos tampoco se
sentía feliz. Era
presionado por todos los
lados. Los personajes,
políticos y hasta
bandidos que eran sus
clientes, no le daban
paz y le hacían
amenazas. Pagaban bien,
sin embargo exigían que
él olvidara el respeto
propio y la dignidad
para hacerles la
voluntad.
Cierta noche soñó con su
viejo padre que lo
miraba con profunda
piedad y decía:
− Tú te siente un
victorioso, mi hijo.
Conseguiste lo que
querías. ¿Estás feliz
ahora?
Carlos sintió
reprobación en los ojos
del padre, pero también
mucha compasión.
− No, papá. No estoy
feliz – reconoció,
inclinando la cabeza y
dejando que lágrimas
amargas corrieran por su
rostro.
− Pues entonces, mi
hijo, siempre es tiempo
de cambiar. En las horas
de dificultad, no te
olvides del Señor, que
está siempre listo a
acogernos en sus brazos
amorosos. ¡Confía!
A la mañana siguiente,
Carlos despertó con la
seguridad de que
necesitaba cambiar de
vida. No se acordaba del
sueño, pero los consejos
del padre quedaron
grabados en su mente.
Se sentó a la mesa del
desayuno más animado. La
esposa y los hijos se
extrañaron.
− ¿Qué ocurrió, querido?
¡Tú estás diferente hoy!
– indagó Clara.
− Estoy con algunas
ideas en la cabeza. Creo
que a vosotros os va a
gustar. ¡Pero es
sorpresa!
Llegando a la lujosa
oficina, Carlos comenzó
a tomar prevención,
telefoneó para algunos
contactos y durante
aquel día entero no
atendió a ningún
cliente.
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Una semana después él
invitó a la familia para
hacer un corto viaje.
Misterioso, dijo sólo
que irían a visitar su
ciudad natal.
Llegando al destino, una
pequeña y simpática
ciudad del interior,
Carlos los llevó por las
calles, sosegadas y
tranquilas; les mostró
los lugares más
|
importantes, el
comercio, el
club y la
escuela.
Después, tomando
la dirección de
un barrio
residencial,
paró delante de
una casa simple,
pero
confortable. A
la entrada, un
bello jardín
florido los
recibió. |
Clara preguntó curiosa:
− ¿De quién es esta
casa, querido?
El marido los invitó a
entrar, fingiendo no oír
la pregunta. Cogió la
llave del bolsillo y
abrió la puerta.
La casa, grande y
espaciosa, era un primor
de buen gusto.
Anduvieron por las
habitaciones, salas,
cuartos, cuartos de
baño, despensa, cocina.
Tras conocer el
interior, fueron para el
patio, que encantó a los
chicos. Viendo que a la
familia le había
gustado, Carlos aclaró:
− ¡Esta casa es nuestra!
La compré para que
nosotros vivamos. Aquí,
mis hijos, vosotros
podréis jugar con los
amigos, vuestra madre
podrá caminar por la
ciudad sin problema
alguno. Todo con
libertad. ¡Aquella
escuela es donde
vosotros vais a
estudiar; es muy buena!
¡Además de todas esas
ventajas, aún podremos
ver el cielo siempre
azul!
− ¿Y tu oficina,
querido?
− Vendí mi parte para
los compañeros. Y
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ya conseguí un
buen punto para
abrir mi propia
oficina. Aquí,
tendré menos
trabajo, sin
embargo más
dignidad y
respeto íntimo.
Además de eso,
podemos
colaborar en la
comunidad,
ayudando a
personas
necesitadas,
como tú siempre
soñaste,
querida. ¡Es
decir, si
vosotros lo
aprobareis! –
dijo él, feliz y
aliviado. |
Los cuatro se abrazaron
contentos. Viendo la
aprobación en la sonrisa
de ellos, con lágrimas
en los ojos, Carlos
murmuró:
− Siento que mis padres
también deben estar
felices con estos
cambios. Gracias a Dios,
tendremos una vida nueva
en lo sucesivo, con las
bendiciones de Jesús.
Volveremos para la
ciudad grande sólo para
arreglar nuestras cosas
y traer la mudanza.
¡Aquí, seremos felices,
tengo seguridad!
MEIMEI
(Recebida por Célia X.
de Camargo em
Rolândia-PR, aos
4/03/2013.)
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