Mientras la madre hacía
su tarea doméstica, el
niño, que estaba
aprendiendo a leer,
curioso, cogió un libro
y fue pasando las
páginas. De repente, él
paró en una hoja y
preguntó:
— Mamá, ¿qué es óbolo?
La señora dejó lo que
estaba haciendo y
explicó:
— Óbolo, Joel, es una
oferta, una limosna, una
dádiva de valor pequeño.
¿Entendiste?
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— ¡Ah! ¡Entendí. ¿Y
viuda?
— Viuda es una mujer que
perdió al marido y no se
casó de nuevo. Tú estás
leyendo la lección que
se llama “El Óbolo de la
Viuda”, ¿no es?
— ¿Tú lo conoces, madre?
Entonces sabe también lo
que es ga... zo... fi...
¡Vaya!... ¡Mira!
Que palabra difícil.
— Gazofilácio era una
especie de cofre que
había en el Templo de
Jerusalén, donde se
colocaban las
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limosnas — la
madre respondió,
hallándolo
gracioso. |
— ¡Mamá, tú eres muy
sabida! — exclamó el
niño, admirado.
Entonces, la madre se
sentó cerca del hijo y
fue ayudándolo a leer y
entender el texto
evangélico, que habla
sobre el día que Jesús
fue al Templo y, sentado
cerca de la caja de las
limosnas, observaba como
las personas colocaban
su ofrenda dentro de
ella. Los que eran ricos
daban mucho dinero, pero
una pobre viuda dio sólo
dos pequeñas monedas. Y
Jesús, llamando la
atención de los
discípulos, dijo que, en
verdad, más había dado
aquella viuda que todos
los otros, porque ellos
habían dado de lo mucho
que tenían, pero la
viuda había dado todo lo
que tenía, y todo lo que
le restaba para su
sustento.
Cuando la madre acabó de
explicar al hijo, él
mostró que había
entendido:
— Mamá, Jesús dice que
la gente debe hacer el
bien y amar a todas las
personas, ¿no es?
Entonces, Jesús debe
haber quedado muy
contento con la viuda
pobre.
— Sí, hijo mío. Y Jesús
deja claro que, para
Dios, lo que realmente
vale es el sentimiento
con que hacemos una
buena acción. Así, para
Dios, tienen más valor
las dos pequeñas monedas
de la viuda, que todo el
dinero que los ricos
dieron para ser vistos y
admirados por el
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pueblo. |
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El niño quedó pensativo
por algunos instantes,
después volvió a
preguntar:
— ¿Mamá, y yo? ¡También
quiero ayudar a los
otros, pero no tengo ni
dos moneditas!
La madre quedó
emocionada con la
preocupación del hijo.
— Joel, para Jesus, como
tú viste, es más
importante el motivo por
el cual hacemos algo.
Así, no te preocupes por
poseer nada de material.
Tú tienes algo mucho más
importante quedar a las
personas: el amor de tu
corazoncito. Entonces,
piensa con el corazón, y
cuando creas que debes
ayudar a alguien, ayuda.
Puede ser alguien en la
escuela, en la calle, un
animalito perdido…
¿Entendiste?
Animado, Joel abrió
mucho los ojos y
balanceó la cabeza,
mostrando que había
entendido. A la hora de
dormir, se acostó
pensando en el asunto y
pidió a Jesus que lo
enseñara a ayudar, a ser
útil a las personas.
Al día siguiente, Joel
despertó, se arregló y,
al entrar en la cocina,
vio a la madre toda
atareada. Ella había
perdido la hora y corría
preparando el café de la
familia, pues tenía hora
marcada con un médico.
— No te preocupes, mamá.
Yo coloco la mesa,
después hago el sandwich
y el zumo para Ritinha.
¡Ah! Y también puedo
llevarla para la escuela
— la tranquilizó el
niño.
La madre lo agradeció y
corrió para arreglar a
la pequeña Rita, que
acababa de despertar.
Joel hizo todo bien y
después fue a tomar su
desayuno. La hermanita
se sentó, él le preparó
la leche y el pan, que
ella comió. Enseguida,
él cogió las
sandwicheras y ambos se
despidieron de la madre,
yendo para la escuela.
En la clase, un
compañero tuvo
dificultad para entender
la materia y Joel,
sentándose más cerca de
él, lo ayudó.
En el recreo, se sentó
para comer el sandwich y
vio a una niña llorando.
Se aproximó para saber
lo que estaba
ocurriendo; ella
respondió, enjugando las
lágrimas:
— Mi madre está enferma
y oí a papá decir que
ella va a ser operada.
¡Tengo miedo!
— No llores. Confía que
Jesús va a ayudar a tu
madre y ella
inmediatamente quedará
buena. Ahora, come tu
sandwich antes que acabe
el recreo — dijo Joel,
abrazando a la pequeña y
consolándola.
— No traje sandwich hoy.
Lo olvidé — respondió la
niña.
— Bueno. Entonces, voy a
poder repartir mi
sandwich contigo. No
tengo hambre aún — dijo
Joel, contento.
Él partió el sandwich en
dos y echó la mitad del
zumo en el vasito, que
entregó a la chica,
quedando con lo que
había restado en la
botella. Tras comer el
sandwich, la niña miró
para él, agradecida:
— Gracias. ¡Tu sandwich
estaba muy bueno, pero
ni sé tu nombre!
El mío es Dora.
Joel dijo el nombre de
él, pero no dio para
continuar conversando,
pues tocó la señal.
Había terminado el
recreo y ellos tenían
que volver para la sala,
pero estaban felices.
En la calle, Joel aún
encontró un pajarito que
había caído del nido y
vio a una pajarita que
debería ser la madre,
pues estaba inquieta.
Sin pensar dos veces, él
dejó la mochila, lo
subió y lo recolocó en
el lugar, junto a la
madrecita, que batía las
alas, agradecida.
En la hora del almuerzo,
el padre preguntó al
hijo como fue su mañana.
Joel dijo animado:
— Fue buena, papá. Hoy
yo di el óbolo de la
viuda.
— ¡¿El qué?!... — indagó
el padre, sin entender.
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Intercambiando una
mirada de complicidad
con la madre, él sonrió. |
— ¡Mamá entendió lo que
yo dije! Después yo te
lo explico mejor. Hoy
voy a hacer la oración.
Y, delante de los
padres, admirados, Joel
dijo:
— Querido Jesús yo Te
agradezco por esta
mañana tan importante y
por las oportunidades
que tuve que ejercitar
tu lección. ¡Gracias!
MEIMEI
(Recebida por Célia X.
de Camargo, em
Rolândia-PR, aos
29/4/2012.)
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