Gabriel había sido
invitado para ir a la
casa de Renato, un
compañero de la escuela,
que vivía en una mansión
en un barrio noble de la
ciudad. Gabriel había
quedado impresionado
pensando: ¡Ah! ¡Como
me gustaría vivir en una
casa como esta!
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Jugó bastante con
Renato, que consideraba
su mejor amigo.
Conversaban bastante en
la escuela, saltaban y
jugaban en el mismo
equipo de fútbol.
Al volver para casa,
Gabriel contó a la
madre, entusiasmado, lo
que hicieron, como era
la casa, las comidas y
dulces deliciosos que
hubo comido,
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y terminó
diciendo: |
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— Fue todo muy bueno,
mamá. Que pena que no
puedo retribuir la
invitación de Renato —
completó con carita
triste.
— ¿Y por qué, mi hijo? —
extrañó la madre.
— Tú sabes madre. Esta
casa es pobre, en un
barrio distante. ¿Qué
podemos ofrecer a él?
— Nuestra amistad,
cariño y hospitalidad.
¿Necesita más? ¡Tú
siempre elogias mi
comida, Gabriel! Pues
haré una comidita bien
sabrosa para el almuerzo
y un bizcocho de
chocolate y palomitas
para la merienda. ¿Qué
tal?
El chico sonrió delante
de esa propuesta tan
buena.
Después, preguntó serio:
— Mamá, ¿por qué tiene
que ser así? ¿Algunos
tan ricos y otros tan
pobres? ¡Es injusto!
Elza, delante de la
carita del hijo, lo
abrazó al pecho con
cariño y explicó:
— Mi hijo, no sea
injustos con Dios,
nuestro Padre, que nos
ha dado una vida simple,
pero muy buena. Existe
una razón para todo; si
somos pobres hoy es que
con certeza, que en el
pasado, en otra vida, no
supimos aprovechar la
dádiva de la riqueza. Es
una prueba.
— ¡Ah! ¿Cómo en la
escuela? Eso yo hago
siempre. Es cuando la
gente hace prueba para
saber si aprendió la
lección.
Entonces, la familia de
Renato está siendo
probada ahora?
— Sí. Como no es posible
que todos tengan mucho
dinero, Dios lo
concentra en las manos
de algunos para que
sepan aprovechar la
oportunidad y ayudar a
los que nada poseen.
Después, las posiciones
se invierten. Así, la
riqueza es la prueba de
la caridad y de la
abnegación, ¿entendiste?
— Más o menos. Qué es
abnegación, mamá?
— Es sacrificarse en
favor de otras personas,
es dar de lo que se
tiene para socorrer a
los necesitados.
— ¡Ah! Entendí. Y
nosotros que somos
pobres, ¿cuál es nuestra
prueba?
— Es la prueba de la
paciencia y de la
resignación.
— Paciencia yo sé lo que
significa, porque tú
siempre dices que debo
tener con mi hermanita.
¿Y
resignación?
— Resignación, hijo, es
cuando tu te sometes a
la voluntad de otra
persona o a la voluntad
de Dios; es aceptación
delante de algo que tú
no puedes cambiar.
El niño pensó un poco, e
volvió:
— ¡¿Quiere decir que
siempre vamos a ser
pobres?!...
— No, Gabriel. Siempre
podemos ejercer nuestra
voluntad para cambiar lo
que queremos. Por
ejemplo: Somos pobres,
porque tu padre no
estudió y gana poco,
teniendo que aceptar
trabajos en consonancia
con sus condiciones. Tú,
sin embargo, vas a
estudiar, tendrás
oportunidad de hacer um
curso superior y ganar
um salário mejor.
— Entendí, mamá. Va a
depender de mi esfuerzo
y voluntad de estudiar.
Volviendo a Renato,
pensé mejor y resolví
invitarlo para
visitarnos mañana.
La madre lo abrazó,
contenta. En la mañana
siguiente, Gabriel hizo
la invitación y Renato
aceptó. Así, después de
las clases, Gabriel
llegó a la casa con
Renato y lo presentó
para su madre.
— ¡Mucho placer, Doña
Elza! Adoré la
invitación y, más aún,
por venir hasta aquí
caminando. Me gusta
andar, pero no puedo
porque el chofer me va
buscar con el coche a la
escuela.
La madre intercambió una
mirada con Gabriel cómo
si dijera: ¿No le
dijiste que a él le iba
a gustar?
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El almuerzo estaba bueno
y todos comieron muy
bien. Después, salieron
para jugar en el patio.
Viendo un bosque allí
cerca, Renato quiso
conocerlo y Gabriel lo
llevó.
Andando en medio de una
vereda, fueron hasta el
bosque. Encantado con
los árboles, con las
flores y los pájaros,
Renato caminaba
respirando el aire puro.
De repente, oyó el ruido
de agua y Gabriel lo
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llevó hasta un
arroyo que
corría sereno
por entre las
piedras. |
Descalzos, entraron en
el agua fría. ¡Que
alegría para Renato que
nunca había podido hacer
eso! Tras mucho jugar en
el agua y correr por el
bosque, cansados, ellos
volvieron para casa.
¡De la puerta ya dio
para sentir el olor de
bizcocho al horno y de
palomitas! Alegres, los
chicos fueron hasta la
cocina donde la madre
los esperaba con un vaso
de café con leche,
además de aquellas
delicias que había
hecho. Mientras comía,
Renato iba contando a la
dueña de la casa todo lo
que había hecho aquella
tarde, y completó: |
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— ¡Vi pececitos nadando
en el riachuelo! ¡Tan
rápidos y lindos! ¡Me
encantó!
En la hora combinada, el
coche llegó. Renato
agradeció a la señora y
al amigo:
— Muchas gracias. ¡Fue
el mejor paseo que ya
hice en toda mi vida! Me
gustaría vivir en un
lugar lindo así, lejos
de la confusión de la
ciudad, de las bocinas
de los coches, de todo.
Doña Elza, ¿yo puedo
volver otra vez?
— ¡Claro que puedes,
Renato! Tú serás siempre
bienvenido a esta casa,
que es simple y pobre,
pero donde serás
recibido con mucho
cariño. ¡Tú eres un
chico especial! Invita a
tus padres también.
¡Adoraría conocerlos!
Caminando hasta el
coche, se despidieron
con un abrazo. Al
partir, Renato se
despedía con la mano y
sonreía feliz. Elza
abrazó al hijo y miró
para él, que entendió.
— Tú tenías razón, mamá.
Renato adoró nuestra
casa. Yo también comencé
a verla con otros ojos.
Aprendí a valorar todo
lo bueno que tenemos
aquí.
MEIMEI
(Recebida por Célia X.
de Camargo, em
24/6/2013.)
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