Carminha, de doce años,
y corazón bondadoso,
vivía con los padres en
una pequeña casa de un
barrio pobre de la
ciudad.
Cierta vez, ella había
leído que Jesús, cuando
estuvo en la Tierra,
había predicado el amor
a Dios, al prójimo y
hasta a los enemigos,
para que sus seguidores
pudieran ser mejores
que las otras personas.
Entonces, Carminha
deseaba hacer algo bueno
para alguien, pero no
sabía como comenzar. A
la noche, ella oraba a
Jesús pidiéndole que la
ayudase mostrándole el
camino de la caridad.
Cierto día, andando por
el barrio, ella entró
por una pequeña calle
que terminaba en una
cerca. Como no había
calle, pero queriendo
conocer el lugar, ella
entró por una vereda y
vio una choza. Oyó
ruidos de niños y, como
allí ella conocía a toda
la gente, menos a
aquellas personas,
decidió conocerlas.
— ¡Hola! ¿Hay alguien
ahí? — dijo tocando en
la puerta.
Luego tres niños sucios
y harapientos
aparecieron. Carminha
sonrió y les preguntó
los nombres.
— Yo soy Maria, de seis
años, el bebé en mi
brazo es Lucía, de ocho
meses, y este es José,
de cuatro años.
— ¡Mucho placer! ¿Hay
alguien más en casa?
¿Dónde están vuestros
padres?
— Mamá está trabajando
en el campo, mi padre
está preso y el abuelo
está en la cama.
¿Quieres conocerlo? —
preguntó Maria, la
mayor.
— Me Gustaría mucho. Es
decir, si él no se
molesta.
Maria llevó a Carminha
por la mano hasta el
pequeño cuarto donde un
viejito estaba acostado.
Ella lo saludó,
preguntando cómo estaba,
y él respondió:
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— Estoy muy enfermo,
niña. No puedo andar más
y soy yo que me quedo
con los niños para mi
hija trabajar.
Hoy aún no comimos nada.
Con el corazón apretado
por la piedad, Carminha
dijo que iba a resolver
el problema. Así, ella
dejó la choza y fue en
busca de sus amistades.
Anduvo por el barrio
explicando
|
la situación y
recogiendo
géneros
alimenticios
para la familia.
Cogió un
carricoche que
era del padre, y
así transportó
todo lo que
había
conseguido. Como
ella tenía un
cofre con
algunas monedas,
compró leche
para el bebé. |
|
|
Volviendo a la choza,
Carminha mostró lo que
había conseguido y que
no era mucho, pues todos
allí eran pobres, pero
tenía hasta la leche de
Lucía. Al verla llegar,
los niños dieron saltos
de alegría. Carminha
distribuyó pan para
todos, hizo un jugo con
naranjas que había
conseguido y el biberón
de Lucía. Todos quedaron
felices y satisfechos.
Después, resuelto ese
primer problema,
Carminha hizo una sopa
con legumbres y verduras
que había
|
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recibido de los
vecinos para que
ellos comieran
más tarde. No
contenta con
eso, limpió la
choza, lavó las
ropas y dejó
todo limpio. |
Al llegar, la madre no
creyó lo que vio. El
abuelo Bento explicó que
una jovencita había
venido y había hecho
todo en la casa. Tomaron
la sopa, acompañada del
pan que había sobrado, y
después hicieron una
oración en
agradecimiento por la
ayuda recibida.
Carminha volvió a su
hogar sintiéndose
realizada. Nada comentó
con la madre sobre lo
que había hecho. Pero, a
partir de ese día, todas
las tardes, al volver de
la escuela, ella corría
para la casa del abuelo
Bento, ayudando en el
servicio doméstico y
cuidando de los niños.
En la escuela, Carminha
explicó la situación de
la familia para sus
compañeros y todos se
apuntaron a ayudar
también. Así,
aparecieron ollas,
cobertores y todo lo
demás que era necesario,
inclusive una cama para
el abuelo, pues la de él
estaba rota.
Los padres de Carminha
estaban preocupados con
la constante
desaparición de la hija.
Un día, la madre llegó
más pronto del trabajo y
vio a la hija saliendo
de casa con bolsas en
las manos, y decidió
seguirla. Al ver a
Carminha entrar a una
choza sin pedir permiso,
ella entró también. Lo
que vio hizo que sus
ojos se llenasen de
lágrimas.
La hija estaba
entregando lo que había
traído y decía para los
niños con una linda
sonrisa:
— ¡Hoy voy a hacer una
sopa de legumbres con
macarrones! Gracias a
una amiga, esta noche
vosotros tendréis una
sopa mejor.
— ¡Oba! ¡Oba!... —
gritaron los niños,
tocando las palmas.
La madre de Carminha
apareció en la cocina.
Al verla, la jovencita
se sonrojó:
— ¿Mamá? ¿Cómo llegaste
hasta aquí?...
El abuelo Bento, que vio
por la ventana a la
señora llegando, se
levantó con dificultad y
fue hasta la cocina.
— ¿Por qué nunca me
contaste lo que estabas
haciendo, mi hija?
Carminha bajó la cabeza,
y el abuelo Bento
explicó, apoyándose en
un bastón:
— Señora, su hija ha
sido nuestro ángel
bueno. Desde que entró
en esta casa, jamás dejó
de asistirnos. Como
puede ver, somos muy
pobres, y Carminha ha
preparado comida para
nosotros y leche para mi
nietecita. Mi hija
trabaja mucho, pero gana
poco y llega tarde. Sin
embargo, su hija no deja
que nada nos falte.
¡Hasta cuida de la
limpieza!
— ¿Por qué nunca me
contaste, hija? — la
madre volvió a
preguntar, emocionada.
Carminha, sin gesto,
explicó:
— Porque Jesús dijo que,
para hacer el bien al
prójimo, no podemos
divulgar, es decir, que
la mano izquierda no
debe saber lo que hace
la mano derecha, ¿no es?
Y en verdad, mamá, son
mis amigos los que hacen
la caridad, porque ellos
son los que me dieron
las cosas para
distribuir.
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Con lágrimas, la madre
acogió a la hija al
corazón, diciendo:
— Carminha, tú eres
mucho mejor de lo que yo
pensaba, mi hija.
— ¡Entonces, ayúdame
mamá! Vamos a pedir a
papá que vaya a visitar
al padre de los niños en
la prisión para
tranquilizarlo. Él debe
estar muy preocupado con
su familia.
|
La madre estuvo de
acuerdo y dijo: |
— De aquí para adelante,
yo también quiero
ayudarte a hacer la
caridad, mi hija. Somos
pobres, pero siempre
podemos ayudar a quién
tiene menos que
nosotros.
MEIMEI
(Recebida por Célia X.
de Camargo, em Rolândia,
aos 19/9/2013.)
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