Pike hube oído hablar,
por ejemplo, de
"poltergeist", pero no
tenía idea precisa de lo
que fuera. En lo que se
acordaba vagamente, la
cosa tenía algo que ver
con disturbios
provocados por el
Espíritu de una persona
muerta en la casa donde
hube residido en vida.
¿Sería eso? Se vio
entonces, "por primera
vez, delante de la
posibilidad real de que
la fuente de todo cuánto
estaba ocurriendo podría
ser mi hijo – muerto,
más aún vivo”.
Ese punto era una
encrucijada y no faltó
al Obispo Pike el coraje
necesario para seguir
adelante, en sus
investigaciones,
extrañas y desusadas
investigaciones para un
"príncipe" de la Iglesia
Reformada. Sus
confesiones son a veces
de conmovedora
sinceridad–: "Me costó
mucho a acertar la
posibilidad de que se
trataba de Jim, pues no
creía que él continuase
viviendo”.
¡Y
más: ni Maren, su
secretaria, ni David, su
capellán, creían en la
vida póstuma! "Pero,
dice Pike, no podíamos
pensar en otra
explicación – resultado,
que ahora comprendo – de
nuestra ingenuidad y de
la falta de
sofisticación en
relación a todo el campo
de los fenómenos
psíquicos."
¿A quién recurrir en una
emergencia de esas? Se
acordó entonces del
Reverendo Pearce-Higgins
que entendía de esas
cosas en virtud de sus
experiencias psíquicas y
de su participación en
la organización de su
iglesia que patrocina
esas investigaciones.
Y así, en la mañana de
28 de febrero, el Obispo
Pike llamó a el Rev.
Pearce-Higgins, le narró
los acontecimientos y
pidió orientación.
Pearce-Higgins explicó
al eminente amigo,
neófito en cosas de esa
naturaleza, que había
dos explicaciones
posibles para los
fenómenos: o eran
expresión de una
hostilidad a alguien que
venía a ocupar la casa
en que había vivido el
Espíritu, ahora
desencarnado, o recursos
para llamar la atención
de alguien. En suma,
para acortar la
historia, Pearce-Higgins
marcó hora para el
Obispo Pike con una
médium muy conocida en
Londres, la Sra. Ena
Twig, y, a través de
ella, Pike pudo,
finalmente, conversar,
digamos así, de cara a
cara con el hijo muerto.
Los prejuicios del
Obispo con relación a la
práctica mediúmnica
comenzaron a caer.
Esperaba encontrar, en
la casa de la Sra. Twig,
cortinas pesadas,
pantallas de seda con
adornos, ornamentos
exóticos y una semi
oscuridad atestada de
objetos y muebles;
finalmente, la
caricatura
cinematográfica y
anecdótica de la
mediumnidad. Al
contrario, el cuarto era
tan simple y común que,
al escribir su libro,
más tarde, él ni se
acordaba de los
pormenores para
describirlo.
EL TEÓLOGO PAUL TILLICH
FEZ-SE PRESENTA
Sería impracticable
reproducir toda la
conversación y aquella
natural aflicción por
decir muchas cosas en
pocas palabras, en un
espacio exiguo de
tiempo. Es fácil, sin
embargo, imaginar la
escena: de un lado de la
vida, el hijo suicida,
recién sacado de una
existencia sin
horizontes bajo la
terrible presión de las
drogas; de otro lado, un
padre afligido,
presenciando un fenómeno
que le era inhabitúal y
al cual sólo unas
semanas antes jamás
habría pensado en
asistir, mucho menos
provocar.
La sesión contó con la
presencia algo
sorprendente del
Espíritu del eminente
teólogo Paul Tillich,
amigo de Pike y que
parecía estar ayudando a
Jim en el mundo
espiritual. El Obispo
sintió un verdadero
choque emocional al ser
revelada la presencia de
su gran amigo,
recientemente
desencarnado. Y aún:
¿cómo es que la médium
podría saber que el
nuevo libro de Pike, que
estaba siendo lanzado en
aquel momento en los
Estados Unidos, tenía
una dedicatoria a Paul
Tillich? – El muchacho –
dijo Tillich – era un
visionario, nacido fuera
de su tiempo. Encontró
una sociedad
desconcertante, en la
cual la sensibilidad es
clasificada como
flaqueza.
A una pregunta del
Obispo sobre si sería
buena cosa divulgar la
realidad de la
supervivencia y de la
comunicabilidad, la
respuesta vino de Paul
Tillich y muy cautelosa:
– El fuego en la llanura
puede causar el caos si
no fuera controlado.
Trabaje cuidadosamente,
pero conserve en mente
las palabras:
"¡Conoceréis la verdad y
la verdad os liberará!"
Y en ese tono terminó la
primera sesión
mediúmnica a que asistió
el Obispo James A. Pike.
De ahí en delante, se
volcó él con disposición
e inteligencia al
estudio de los
fenómenos, a la lectura
de libros y a los
contactos con quién
pudiera instruirlo sobre
la materia. Volvería a
servirse de médiums,
tanto en Inglaterra cómo
en los Estados Unidos.
Bajo extrañas
condiciones, tal como
previera el Espíritu de
su hijo, encontraría en
los Estados Unidos una
organización, también
conectada a la Iglesia,
que lo ayudó en sus
estudios. Y aquí vemos,
en toda su cruda
realidad, las
dificultades que
enfrenta el conocimiento
de la verdad que, según
Cristo, un día nos
liberará. Aquel hombre
notable, Obispo de una
gran comunidad
cristiana, autor de
libros de éxito en su
especialidad, predicador
eminente de una doctrina
apoyada en el hecho
básico de la
supervivencia del
Espíritu humano,
confiesa no creer en esa
idea y admite jamás
haber leído un único
libro o ensayo que
cuidara de cualquier
aspecto de la
experiencia psíquica,
hoy tan ampliamente
divulgada.
LA VIDA DESPUÉS DE LA
MUERTE: COSA NATURAL
El resto del libro – y
son aún cerca de 200
páginas de las 300 y
tantas que lo componen –
es una narración fiel,
describiendo paso a paso
la larga y penosa
búsqueda de la verdad
contenida en el fenómeno
psíquico, tan familiar a
los espíritas.
Su primera sorpresa fue
la extraordinaria
cantidad de libros
existentes sobre el
asunto, cosa que hasta
entonces le hube pasado
enteramente
desapercibida. Su
conclusión, tras mucho
estudiar, meditar y
asistir a las
manifestaciones de
variada naturaleza, se
resume, en sus propias
palabras, de la
siguiente manera: "Mis
experiencias personales,
juntamente con los
hechos que fui llevado a
investigar como
resultantes de ellas –
tanto como los análisis
hechos por científicos
respetables en sus
campos de actividad que
también dedicaron
cuidadosa atención a los
datos en más de una área
psíquica – me habilitan
a afirmar la vida
después de la muerte
como cosa ‘natural’ a
esperar de la psique
humana que parece estar
desde ya en la vida
eterna”. Prosigue
diciendo que esa era una
afirmación que él no
estuviera en condiciones
de hacer en su último
libro.
Y más: que las creencias
suscitadas por la
evidencia de los hechos
eran pocas, en verdad,
pero basadas en
fundaciones muy sanas y
experimentales.
Debe causarnos verdadera
revolución interior
descubrir que todo
aquello cuanto sirvió de
base a la estructura de
nuestro pensamiento y de
nuestra vida, de repente
no sirve más. Y que la
nueva verdad descubierta
necesita ser meditada,
encajada en el andamiaje
de nuestras ideas y
finalmente proclamada,
en un testimonio leal y
sincero. Es necesario
abrir espacio para ella
en nuestro espíritu y
sacar fuera las
villanías que lo traban
y obscurecen. Por eso,
el Espíritu del joven
Pike, tras aquietadas
sus angustias en el
nuevo plano de vida y
ciertamente muy ayudado
por sus amigos, declaró
a través de la
mediumnidad de George
Daisley:
– Me siento tan feliz al
verificar que tú
decidiste enfrentar el
desafío... Estimulando
otros a salir en
búsqueda de sus entes
queridos. Diles para
tener todo el cuidado en
la verificación de los
hechos.
Y más adelante:
– Estoy esforzándome
duramente para aprender
que estar muerto es en
la realidad estar más
vivo. Es una excelente
idea esa de narrar los
hechos. Ya hace mucho
debería haber sido hecho
eso.
Y, una a una, comienzan
a llegar las verdades
que la Doctrina Espírita
ya nos enseñó hace tanto
tiempo. Por ejemplo: en
un intento de entrar en
contacto con el Espíritu
de Maren Bergrud, su
secretaria, que también
se había suicidado, el
Obispo es avisado de que
ella aún está muy
confusa y sin
condiciones para hablar.
LA REACCIÓN FUE RÁPIDA Y
ABUNDANTE
Los Espíritus estaban
cuidando de ella con
todo el afecto y
atención, pero Maren
sufría bastante y estaba
sumergida en un estado
de gran confusión
mental. "Esto era
perturbador – escribe
Pike –, pero reflejaba
lo que yo había
aprendido a ser común:
que aquellos que mueren
de muerte violenta, o
que se suicidan,
encuentran mayor
dificultad en ajustarse
del otro lado.”
Al cabo de algún tiempo
y tras un programa
grabado para la
televisión canadiense
con el famoso médium
Arthur Ford, la cosa
explotó en la prensa,
como una bomba, en los
titulares escandalosos:
¡el Obispo Pike afirmaba
haber conversado con el
hijo muerto! Como si
fuera la mayor novedad
del mundo que alguien
converse con
Espíritus...
La reacción de amigos,
conocidos y
desconocidos, fue rápida
y abundante. Cartas,
telegramas y llamadas
llovían sobre el Obispo.
Unos para ayudar, para
ofrecer consuelo,
sugerencias, narrar
hechos semejantes;
otros, para decir los
mayores absurdos e
improperios. ¿Quién
podría, sin embargo,
convencer a un padre que
el Espíritu con quien
habló era del demonio y
no de su hijo? ¿No
conocemos los modismos,
las expresiones, las
tendencias, las
preferencias y
antipatías de nuestros
hijos?
“Muchos cristianos –
comenta Pike, algo
aturdido – no creen en
la comunicabilidad de
los Espíritus, pero
aceptan la
“resurrección" de
Cristo’.” “Era de
esperar – prosigue – que
esos cristianos
acogieran con enorme
alegría la `prueba de
que su fe no es
vanamente’. En lugar de
eso, la reacción es
predominantemente
negativa, llena de
pasión e intolerancia
Al cabo de esa larga y
penosa aventura, el
Obispo estaba convencido
de la supervivencia de
su hijo Jim. Muchas
preguntas aún le
restaban sin respuestas
adecuadas, pero es de
admitir que tras una
vida dedicada a los
dogmas y al pensamiento
ortodoxo que inmovilizó
en fórmulas el
Cristianismo de Cristo,
muchas cosas quedaran
aún por comprender y
aceptar. Ahora, sin
embargo, el Obispo James
A. Pike también se
encuentra en el mundo
espiritual. Allá está,
ciertamente, dando
proseguimiento a sus
estudios e
investigaciones. Algún
día él volverá como
Espíritu manifestante o
reencarnado para contar
el resto de su drama. Va
a ser una historia muy
conocida de todos
nosotros espíritas: la
de que el Espíritu
preexiste, sobrevive y
reencarna. Que las leyes
de Dios son justas e
infalibles y no
contaminadas de
dogmatismos
intolerantes. Que somos
todos hermanos en
búsqueda de luz y de
paz.
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