Cierta vez, un hombre
muy rico, sintiéndose
insatisfecho consigo
mismo, caminaba por la
calle sin saber qué
hacer.
Tenía una bella y
elegante casa en el
barrio rico de la gran
ciudad. Su esposa y sus
dos hijos sólo le daban
alegrías. Era dueño de
una importante fábrica
que recibió como
herencia de su padre,
quien ya había partido
al otro mundo. En fin,
¡Rodolfo lo tenía
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todo! ¡No le
faltaba nada! |
Pero, entonces, ¿por qué
se sentía tan infeliz,
como si la vida no
significara nada?
En verdad, su gran
fortuna no significaba
nada para él. ¡Quería
ser libre, no tener que
trabajar, dirigir la
fábrica y preocuparse
por ella! Quería poder
andar por el mundo sin
destino y sin
responsabilidades. Y
Rodolfo pensaba:
- ¡Ah!... ¡Qué bueno
sería poder vivir sin
hacer nada y sin pensar
cómo usar el dinero
ganado! ¡Vivir hoy aquí,
mañana en otro lugar,
comiendo cualquier cosa
que encuentre o que
alguien me diese!
¡Sería
lindo!
¡Sólo así tendría
paz!... ¡Moriría feliz
cuando llegara mi
hora!...
Pensando así, Rodolfo
pasó por una calle y vio
un templo religioso. No
tenía ningún interés por
la religión, pero en
aquel instante decidió
entrar. La puerta estaba
abierta y alguien lo
invitaba a entrar.
Entró. Era una sala
pequeña, donde algunas
personas escuchaban una
conferencia. Y el
expositor hablaba
precisamente sobre la
riqueza y decía:
- El apego a los bienes
terrenos es el más
fuerte obstáculo para el
progreso moral y
espiritual del hombre.
Por el apego a las
riquezas, la criatura
humana destruye la
condición de amar, pues
solo se preocupa por las
cosas materiales.
Escuchando estas
palabras, Rodolfo
entendió que tenía razón
y que sus problemas,
debido a los bienes que
poseía, eran un
obstáculo para que
pudiera llegar al Cielo.
Entonces, decidido,
Rodolfo se levantó y
salió de aquella casa de
oración seguro de que
debía liberarse de todos
los bienes materiales
para ser verdaderamente
feliz.
De ese modo, donó todas
sus riquezas a entidades
y, seguro de que su
familia estaría de
acuerdo con él, no dejó
nada para sus seres
queridos. Al llegar a
casa, Rodolfo le contó a
su esposa lo que había
hecho:
- Querida, distribuí
todos nuestros bienes a
los pobres. Creo que así
seremos más felices.
Sin entender las razones
de su esposo, ella no
quiso saber más de él.
En poco tiempo, los
hijos, sabiendo que
estaban pobres porque su
padre había distribuido
toda su fortuna,
profundamente
disgustados, se mudaron
a otra ciudad con su
madre, buscando la ayuda
de la familia de ella,
despreocupándose de su
papá.
Ahora solo, triste y
disgustado por la
pérdida de su familia,
Rodolfo sufrió la falta
de todo; para comer,
iba a una entidad que
ofrecía sopa a los
necesitados; para tomar
un baño y dormir, se
refugiaba en un
albergue; sin amparo y
sin recursos, acabo
enfermándose. En ese
momento de su vida,
buscó nuevamente aquella
Casa de Oración donde
había escuchado las
palabras que lo llevaron
a cambiar radicalmente
su vida. Entrando,
encontró al expositor
que escuchó aquel día.
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- ¡Bienvenido, hermano
mío! ¿En qué puedo
ayudarlo?
Con lágrimas en los
ojos, Rodolfo contó su
historia, sin omitir
nada, a aquel hombre que
lo trataba con tanta
gentileza y bondad.
Después de escucharlo,
el señor movió con la
cabeza con piedad:
- Hermano mío, ¡usted
entendió todo mal! No
escuchó mi conferencia
hasta el final. En
verdad, las riquezas son
negativas para aquellos
que solo se entregan al
dinero y nada más. ¡La
riqueza es una fuente de
bendiciones, pues con
ella podemos ayudar a
las personas,
socorrerlas en sus
necesidades y, a través
de la generosidad, nos
sentiremos más felices!
¡El dinero es una
bendición para quienes
lo utilizan con
criterio, cuando
generamos empleo,
ayudamos a familias!
Podemos ser la mano
generosa que distribuye
bendiciones a los que
necesitan pan, albergue,
remedios, escuela y
orientación.
Rodolfo, escuchando esas
palabras, lloraba y
repetía:
- ¡Entonces, todo lo
hice mal! ¡Todo lo hice
mal! ¿Y ahora?
Lleno de piedad, el
nuevo amigo reflexionó:
- Hermano mío, ¡confíe
en Dios! El Padre quiere
lo mejor para sus hijos.
Usted tendrá una nueva
oportunidad para reparar
el mal que le hizo a su
familia y a usted mismo.
Cuando recibimos la
obligación de trabajar
con el dinero,
necesitamos aprender a
administrarlo de la
mejor manera, en
beneficio de todos.
¡Piense en eso!
Rodolfo agradeció la
atención de ese nuevo
amigo, que le ofreció:
- Hermano mío, tenemos
aquí al fondo un pequeño
cuarto donde usted podrá
vivir y aprender a
entregarse a través del
trabajo de amor al
prójimo.
Rodolfo aceptó con gusto
y, desde ese día en
adelante, trabajó con
amor por los más
necesitados, ahora
entregándose a través de
los sentimientos.
Aprendió bastante y,
algunos años después,
pudo reencontrarse con
su familia y les pidió
perdón por dejarlos en
la miseria. Pero escuchó
de su esposa las
palabras de comprensión
que lo liberaron:
- Rodolfo, al principio
estuvimos muy enojados
contigo. Pero la falta
de recursos nos hizo
buscar medios para
sobrevivir. Y es así
que, tanto nuestros
hijos como yo, vencimos
a través del trabajo y
hoy, administrando una
tienda comercial, nos
sentimos felices y más
realizados, porque
trabajamos para
conseguir nuestro
dinero.
- ¿Entonces, ya me
perdonaron? – preguntó.
- ¡No tenemos nada que
perdonar, Rodolfo!
Nuestros hijos ya están
formados; uno es médico
y el otro es ingeniero.
Trabajan y tienen sus
familias.
- ¡Gracias a Dios! Me
quitas un peso de
encima, querida.
Ellos se abrazaron y
entendieron que el amor
no había terminado, sino
cambió para mejor. En
ese momento, hicieron
una oración agradeciendo
a Jesús por haberlos
ayudado a volverse
mejores personas a
través de las
dificultades.
MEIMEI
(Recibida por Célia X.
de Camargo, el 9/3/2015)
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