Gilberto era un niño muy
travieso. No era malo,
pero vivía siempre
haciendo bromas a las
personas, provocando
problemas en la escuela
y asustando a sus
hermanitos en casa.
Nadie estaba en paz
cerca de él.
Cuando entraba en un
lugar era recibido de
mala gana porque todos
sabían que iba a hacer
alguna mala pasada.
Doña Dalva, su mamá, se
preocupaba por la
conducta de su hijo, que
no lograba cambiar.
Cierto día, conversando
con una amiga
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espírita, la
mamá de Gilberto
se desahogó
diciendo que no
aguantaba más
los reclamos que
le llegaban de
todos lados: de
los vecinos, de
la escuela, de
los parientes y
de los amigos.
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- ¿Por qué no trata de
enviarlo a las clases de
Moral Cristiana en el
Centro Espírita al que
pertenezco? – sugirió la
amiga.
- ¿Servirá de algo? –
preguntó la mamá en
duda.
Con una sonrisa serena,
la amiga consideró:
- ¡No cuesta nada
intentarlo! No tienes
nada que perder, ¿no?
Veré qué puedo hacer.
Dalva pensó un poco y
reconoció que su amiga
Neide tenía razón. Ella
era de otra religión
pero, en verdad, no
participaba y su hijo
crecía sin ningún
concepto religioso.
- Está bien. ¿Dónde
queda ese Centro
Espírita? – preguntó.
Después de anotar la
dirección, se
despidieron y cada cual
fue a hacer sus
obligaciones.
El domingo, Dalva llevó
al niño puntualmente a
la hora acordada.
Algunos niños, que ya
conocían a Gilberto de
la escuela, torcieron la
nariz al verlo, pero no
dijeron nada.
Ese día, la profesora
Neide hablaría sobre el
“Ángel de la Guarda”.
- ¿Ustedes saben que
todos nosotros tenemos
un Espíritu de Luz,
alguien interesado en
nuestro bienestar y
progreso, a quien Dios
le dio la misión de
guiarnos y orientarnos
en la vida? – preguntó
ella.
Una niña del grupo
comentó en voz baja:
- ¡Entonces el Ángel de
la Guarda de Gilberto
debe ser un “diablillo”!
Escuchando esto, los
otros niños se echaron a
reír, y Gilberto
reclamó:
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- ¡Mire, profesora, esa
niña está diciendo que
vivo acompañado por um
“diablillo”!
La profesora Neide puso
orden en la sala y
reprendió a los alumnos
por la falta de respeto
al nuevo compañero.
Después, explicó:
- En primer lugar, es
necesario que sepamos
que el “diablillo” no
existe. Lo que existen
son los Espíritus
imperfectos, ignorantes
y que gustan de hacer
bromas y causarnos
confusiones y pequeñas
molestias. Son llamados
Espíritus “burlones” o
“bromistas”. Siempre que
ellos están cerca de
nosotros, haciéndonos
compañía, es señal de
que no estamos actuando
bien porque es nuestro
pensamiento lo que los
atrae. Y cuando eso
pasa, nuestro Ángel de
la Guarda, que realmente
nos ama y desea
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nuestro bien, se
queda muy
triste.
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Gilberto prestaba mucha
atención a lo que la
profesora decía. Ella
hablaba de cosas
interesantes y que él no
conocía. Preguntó
interesado:
- ¿Quiere decir que
también existen los
“fantasmas”?
Los demás rieron,
divertidos, y la
profesora respondió con
seriedad:
- No realmente. Existen
Espíritus de personas
que ya vivieron aquí en
la Tierra y que ya
dejaron el cuerpo
material, desencarnaron,
como decimos. En verdad,
nadie muere. Todos somos
Espíritus inmortales,
creados para progresar,
y Dios, que es nuestro
Padre, nos da siempre
oportunidades para
aprender y evolucionar.
Aquellos que dejaron
esta vida van hacia el
mundo espiritual, otra
realidad que coexiste
con nosotros sin que la
percibamos. Así, allá,
como en la Tierra, unos
son buenos, otros
indiferentes, malvados,
estudiosos, bromistas y
así en adelante.
Gilberto meditó un poco,
preocupado, después
preguntó:
- Entonces, ¡¿mi abuelo
también sigue vivo?!...
- Sí, sin duda. Y sigue
queriéndote de la misma
manera, Gilberto, y
ciertamente acompaña tu
desarrollo con interés.
Avergonzado, Gilberto
bajo la cabeza y no dijo
nada más.
Es que el abuelo era
alguien a quien él amaba
mucho. Sufrió bastante
con la muerte de su
abuelito querido y le
costó aceptar el hecho.
Ahora, saber que estaba
vivo le causaba mucha
alegría, pero también lo
dejaba preocupado. Si el
abuelo estaba cerca de
él, no le debería estar
gustando su conducta.
Terminada la clase,
Gilberto regresó a casa
y su mamita ya percibía
el cambio en su hijo.
A la hora del almuerzo
su hermano se peleó con
él, y Gilberto no
reaccionó. No molestó a
nadie ese día.
A la hora de dormir, la
mamá lo acompañó al
cuarto y notó, con
sorpresa, que él hacía
una oración, cosa que no
formaba parte de sus
hábitos diarios.
- Gracias, Jesús, por
este día y ayúdame para
que sea un niño bueno.
Cuida a papá, a mamá y a
mis hermanitos, y que
todos podamos vivir en
paz y alegría. Así sea.
Sensibilizada, Dalva
esperó que terminara su
oración y le preguntó:
- Noté que estabas muy
pensativo todo el día,
hijo mío. ¿Sucedió algo?
Gilberto contó a su mamá
todo lo que aprendió en
la clase de
evangelización y
concluyó, abriendo sus
ojos expresivos:
- ¿Alguna vez pensaste,
mamá, cómo el abuelo
debe estar triste
conmigo? No quiero
molestarlo. ¡Quiero que
se sienta orgulloso de
mí!
Sorprendida con todo lo
que su hijo le contó,
con los ojos húmedos de
emoción, Dalva estuvo de
acuerdo con él, y
agradeció mentalmente a
Dios por la ayuda que le
envió a través de su
amiga Neide. A partir de
ese día, Dalva también
comenzó a asistir a la
Casa Espírita,
reconociendo la
importancia del
conocimiento espírita
para las personas y el
bien que había hecho por
su hijo y toda su
familia.
Tía Célia
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