Cierto día, Álvaro, de
11 años de edad,
sintiendo el ambiente de
su casa muy pesado, por
la confusión de la pelea
entre sus padres que
había sucedido hacía
poco, triste, salió de
casa para caminar sin
rumbo.
De pronto, vio que
estaba cerca de la casa
de Flavia, su compañera
de colegio, con quien se
llevaba muy bien.
Entonces, como estaba
cansado de caminar,
decidió ir hacia allá.
Al llamar a la puerta,
atendió Flavia, su
amiga, quien mostró una
linda sonrisa al verlo:
- ¡Álvaro, me alegro de
que vinieras! ¡Pasa, ven
a jugar conmigo!
El muchachito entró,
preguntándole qué estaba
haciendo, a lo que
Flavia explicó:
- Estoy jugando con un
nuevo juego que tengo.
Pero es aburrido jugar
sola, ¿no te parece?
- ¡Por supuesto! No es
divertido porque tienes
que jugar por ti y por
tu compañero.
Acepto con gusto - el
muchacho rio.
Así, ellos estaban
entretenidos con el
juego
|
 |
cuando la madre
de Flavia
advirtió: |
|
- Hija mía, es la hora
de nuestro Evangelio en
el Hogar.
- ¡Ah, mamá! ¡Pero ahora
estoy jugando con mi
amigo Álvaro!
Y el muchacho, que no
quería ser motivo de una
pelea en la familia,
consideró:
- Flavia, puedes ir y
participar en tu reunión
que yo te espero - dijo
el chico, sereno.
Mirando a su amigo, más
animada, Flavia estuvo
de acuerdo. Entonces
tuvo la idea de que su
amigo participara
también, lo que la mamá
aceptó:
- Por supuesto, hija
mía. Además, nuestra
reunión es rápida. ¡Ven
y únete a nosotros,
Álvaro!
Él aceptó y fueron a la
sala, donde la familia
estaba reunida. Para el
muchachito, lo que ellos
llamaban el Evangelio en
el Hogar fue muy bueno.
Hicieron una oración
inicial que lo calmó; ya
no pensaba más en sus
papás a quienes había
dejado en casa
discutiendo por algún
motivo.
Después de la oración,
hicieron la lectura de
una página del
Evangelio, y hablaron
sobre el tema, ocasión
en la que Álvaro, por el
estudio, siempre se
acordaba de sus papás, y
cerraron con otra
oración.
Al termina la singular
reunión, Álvaro tenía
prisa por volver a su
casa. Flavia le reclamó
porque él le había dicho
que después
continuarían jugando,
pero él respondió:
- Flavia, sé que prometí
quedarme para terminar
el juego. Pero me acordé
de algo importante que
tengo que hacer.
Luego continuamos el
juego, ¿de acuerdo?
Flavia aceptó no muy
feliz, y Álvaro se
despidió de ella y sus
padres, preguntando:
- ¿Qué libro utilizaron
hoy? ¡Me pareció muy
interesante!
- Es el Evangelio de
Jesús, pero con textos
que explican mejor todo
lo que Él nos dejó. - Y
tomando el libro, se lo
dio a Álvaro para que lo
viera-. ¿Tu familia no
lo conoce? - Dijo la
señora.
- No, señora. Yo no lo
conocía hasta hoy.
Me pareció muy
esclarecedor e
interesante.
 |
Al oír esto, la señora
tomó el libro y se lo
entregó a Álvaro:
- ¡Entonces, voy a
dártelo como regalo!
Tenemos más en casa.
¡Espero que a tus padres
también les guste!
- ¡Gracias por el libro!
Por supuesto que les va
a gustar, tía Marcia.
Ahora tengo que volver a
casa. ¡Mis padres no
saben dónde estoy!
Álvaro se despidió de
todos y se fue. Al
llegar a casa, notó una
atmósfera pesada entre
sus padres. Decidido,
|
llamó la
atención de los
dos y sugirió: |
- ¡Papá! ¡Mamá! ¿Y si
oramos juntos aquí en
casa? ¿Qué opinan?
Al principio, el padre
trató de escapar,
diciendo que tenía algo
urgente que hacer en la
calle.
La madre mostró más
interés, y afirmó:
- Tienes razón, hijo
mío. Cuando la familia
ora unida, permanece
unida.
Al escuchar estas
palabras de su esposa,
el padre estuvo de
acuerdo, siempre y
cuando no tomara mucho
tiempo, a lo que su hijo
respondió que sería
rápido. Entonces, Álvaro
los llevó a la mesa de
la sala, tomó el libro
que le regalaron y,
haciendo una oración
sencilla, como había
visto hacer en la casa
de Flavia, pidió a su
madre que abriera el
libro, lo que ella hizo
sin discutir.
Ante el texto abierto al
azar, el padre leyó la
lección y se emocionó.
Era "El Hombre de Bien”,
del Capítulo 17. Ante la
sorpresa de los padres
en relación al texto
leído, Álvaro les pidió
que hicieran comentarios
sobre el tema.
El padre, con la cabeza
baja, dijo que se
consideraba incapaz de
hablar sobre el asunto.
La madre sonrió y estuvo
de acuerdo con el
marido, recordando que,
hasta pocos minutos
antes, ellos nunca
discutían. Entonces
Álvaro habló lo que
sentía:
- ¡Papá! ¡Mamá! La
lección es muy clara,
creo. Dice que cada uno
de nosotros debe actuar
como mejor le parezca,
según las enseñanzas de
Jesús, sin exigir nada
del otro. La
responsabilidad es de
cada persona, sea cual
fuera el parentesco que
tengamos. Entendí que
nuestro Padre, que es
Dios, tendrá en cuenta
que no somos "hombres de
bien" todavía, pero
que si nos esforzamos,
llegaremos a serlo un
día. Bien. Así es como
entendí la enseñanza.
Los padres estaban
emocionados con las
palabras de su hijo y se
comprometieron a no
pelear más, sino
conversar sobre los
puntos en que no estaban
de acuerdo.
Feliz por ese primer
Evangelio en el Hogar
que hicieron, Álvaro
hizo la oración,
elevando el corazón y la
mente a lo Alto,
agradeciendo a Jesús por
esta nueva oportunidad
que surgió de orar y
hacer el Evangelio en
familia.
Después de la oración,
los tres se abrazaron,
pues entendieron cómo
deberían actuar desde
ese día en adelante. Y
Álvaro, al ver la
satisfacción de los
padres, la paz en su
hogar, se sintió más
feliz y realizado.
MEIMEI
(Recibida por Célia X.
de Camargo, el
27/07/2015.)
|