En la escuela, una
profesora necesitaba
realizar un trabajo. Los
textos deberían ser
transformados en libro
y, en virtud de ser él
dedicado a los niños,
ella buscaba alumnos que
tuvieran facilidad para
diseñar, para hacer las
ilustraciones.
Así, ella seleccionó
algunos alumnos y les
dio textos para leer,
hojas en blanco y una
caja de lápiz de color.
Conforme el texto
recibido, ellos deberían
crear personajes,
expresando sus ideas,
sentimientos y la visión
de la historia a través
de los ojos infantiles,
cuyos dibujos serían
transformados en
ilustraciones.
Al entregarles la tarea,
la profesora esclareció:
— Vosotros tendréis todo
el día para concluir el
trabajo. A las cinco
horas de la tarde,
vosotros deberéis
entregarme los textos
con los dibujos y les
daré una recompensa por
el esfuerzo.
¡Los alumnos quedaron
eufóricos! Les gustaba
diseñar y la oportunidad
era excelente para
mostrar el talento de
cada uno.
Así decidido, ellos
comenzaron a trabajar en
la tarea que recibieron.
Al principio eran tres
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alumnos:
Gilberto, Jaime
y Leila. Más
tarde,
aparecieron
Fátima y Rafael. |
Gilberto era el más
cotizado. ¡Diseñaba como
nadie! Tal vez
exactamente por eso,
hizo poco caso de los
compañeros y resolvió
jugar con los amigos,
dejando para realizar su
tarea más tarde.
Jaime y Leila, a pesar
de tener talento,
gastaron el tiempo
charlando y riendo, y
cuando lo notaron, el
tiempo había pasado y
ellos acabaron haciendo
los dibujos de todas
maneras, ya casi al
final del plazo.
Rafael y Fátima leyeron
el texto, pero como eran
inseguros, tardaron en
decidirse por lo que
diseñar y, por eso,
perdieron mucho tiempo
borrando y rehaciendo
los trabajos, que
salieron malhechos.
En la última hora,
Ricardo, alumno de otro
grupo, pasó por la sala
donde ellos estaban
reunidos y, curioso,
preguntó a la profesora:
— ¿Qué están haciendo
esos alumnos, profesora?
Ella explicó. Los ojos
de Ricardo brillaron de
entusiasmo, pero luego
él se quedó triste, pues
también le gustaba
diseñar. La maestra notó
la expresión del niño y
preguntó:
— ¿A ti también te
gustaría participar?
— ¡Sí, me gusta mucho
diseñar, profesora!
Ella pensó un poco,
después consideró:
— Bien. Sólo falta una
hora para terminar el
plazo. ¡Si
tu quieres intentarlo!...
— Sí, quiero.
— Pues muy bien,
Ricardo. Aquí tiene un
texto, hojas en blanco y
los lápices de color.
Puedes comenzar.
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Ricardo se acomodó en
una de las carteras. No
pudiendo perder tiempo,
leyó la historia y,
enseguida, se puso a
diseñar rápidamente.
Cuando terminó el
tiempo, la profesora
recogió todo el material
de los alumnos,
examinando cada una de
las ilustraciones con
cuidado.
Enseguida dijo:
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— Muy bien. Os agradezco
el esfuerzo. Ahora, aquí
está lo que reservé para
vosotros como premio por
el trabajo.
Y entregó a cada uno,
comenzando por Ricardo,
una linda caja de
bombones, decorada con
una bella cinta
coloreada.
Gilberto, mirando
aquello, quedó celoso y
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protestó: |
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— ¡Profesora, pero
Ricardo sólo trabajó
durante la última hora!
¡¿Es justo que reciba
tanto como nosotros que
estuvimos aquí el día
entero?!...
La maestra miró para
Gilberto y respondió:
— Quedé con vosotros la
tarea a ser realizada y
prometí una recompensa
en el final, ¿no es?
¡Pues muy bien! Ricardo
llegó casi a final del
plazo, pero realizó el
mismo trabajo que
vosotros gastasteis el
día entero para hacer.
¿No puedo dar a él la
recompensa que merece?
¡Vosotros no estáis
siendo perjudicados por
eso! ¡De hecho,
podríais haber realizado
la tarea pedida y
volviendo para casa,
pero preferisteis quedar
todo el día gastando el
tiempo con tonterías!
Los demás intercambiaron
una mirar entre ellos,
después se volcaron para
la profesora,
sorprendidos. Y ella
concluyó:
— Y voy a deciros más.
No tuve tiempo
suficiente para analizar
el trabajo de cada uno.
Sin embargo, por lo que
vi, los dibujos de
Ricardo son los mejores.
Tal vez yo use en el
libro las ilustraciones
de él.
Los alumnos bajaron la
cabeza, entendiendo que
la maestra tenía razón.
Ellos decidieron dejar
pasar el tiempo que
tenían a disposición
charlando, jugando y
riendo, cuando podrían
haber realizado el
trabajo con más calidad,
capricho y en menos
tiempo.
Ricardo estaba feliz.
Agradeció a la profesora
y volvió para casa con
su presente.
Al ver el hijo llegar
con el bello paquete, la
madre preguntó quién le
había dado, y Ricardo
contó lo que había
pasado.
— ¡Ah, entiendo! —
exclamó la madre
satisfecha — ¡Tú hoy,
hijo mío, fuiste el
trabajador de la última
hora de que nos hábla
Jesús!
— ¿Es así, mamá?
— Es verdad, hijo mío.
El Señor está buscando
trabajadores de buena
voluntad para su
servicio. Y tú probaste,
hoy, que tienes
condiciones de ser uno
de ellos: aquel que
cumple su deber, usando
el tiempo necesario, y
lo hace con
responsabilidad y amor.
Ricardo quedó serio,
pensativo. Después dijo:
— Tienes razón, mamá.
Espero, durante mi vida,
ser un trabajador de la
última hora, ayudando a
Jesús a mejorar el
mundo.
MEIMEI
(Recebida por Célia
Xavier de Camargo em
Rolândia-PR, aos
18/2/2013.)
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