A Carlos le gustaba
mucho visitar a su tía
Ana, hermana de su mamá.
Sentía un cariño
especial hacia su primo
Vítor, de cinco años.
Con ocho años,
sintiéndose mucho mayor
que su primo, Carlos
disfrutaba jugar con
Vitinho, como lo
llamaba. Sin embargo, el
niño, a pesar de las
atenciones que recibía
de Carlos, lo trataba
mal, se peleaba con él,
no le prestaba sus
juguetes y, cuando se
enojaba, lo rechazaba
diciéndole:
- ¡Eres malo! No me
agradas.
Su tía Ana, al ver el
comportamiento de su
hijo, abrazaba a Carlos
y lo consolaba:
- ¡No lo busques,
Carlos! Vítor hoy no
está muy bien. ¡Está
molesto con todo!
- No te preocupes, tía
Ana.
Lo entiendo. Me voy a
casa;
mamá ya debe tener listo
el almuerzo. ¡Vuelvo en
otro momento!... – decía
el niño fastidiado, pero
comprensivo.
Generalmente, él no
comentaba con su mamá
cómo era tratado por
Vítor. No quería
entristecerla; después
de todo, era el hijo de
su hermana. Ese día, sin
embargo, Carlos llegó a
casa muy triste. Se
sentó en el sofá y, con
la cabeza entre las
manos, empezó a llorar
con mucha pena.
La mamá oyó el ruido de
la puerta y, al no ver a
nadie, fue hacia la
sala. Encontró a su hijo
en el sofá llorando
mucho y le preguntó,
abrazándolo:
- Carlos, hijo mío, ¿qué
sucedió? ¡¿Por qué estás
llorando así?!...
Enjugándose los ojos,
dijo:
- ¡Mamá, no sé por qué
Vítor me trata tan mal!
¡Dice que soy malo y que
no le agrado! Pero nunca
hice nada en su contra;
al contrario, él me
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gusta mucho y
siempre trato de
ayudarlo. Le
llevo los dulces
y caramelos que
gano, le enseño
a jugar pelota,
¡le leo cuentos!
¡No sé por qué
me trata así,
como si yo fuese
un enemigo!... |
La mamá acercó al niño
hacia su pecho y,
enjugándole los ojos,
reflexionó:
- Carlos, hijo mío,
todos nosotros somos
espíritus que ya hemos
vivido muchas veces,
como sabes. Cuando esas
cosas, que no sabemos
explicar, suceden es una
señal de que, en el
pasado, en otra vida,
tuvimos problemas de
relación.
- ¿Cómo es eso, mamá? -
preguntó el niño,
agrandando sus ojos.
- Supongamos que yo te
hubiera lastimado en una
vida pasada. Tú no
confiarías en mí, ¿no?
Ahora, al reencontrarnos
en esta vida, sentirías
miedo de mí, como si
supieras que no podrías
confiar en mí.
¿Entendiste?
- ¡¿Tú crees, mamá, que
es así como Vitinho me
ve?!...
- Todo lleva a creer que
sí, hijo mío.
El niño se quedó
pensativo, y después
murmuró:
- Ah!... ¡Pero a mí él
me agrada mucho, mamá!
Nunca le haría algo.
- Lo sé, hijo mío. Sin
duda cambiaste de
actitud, arrepintiéndote
de lo que hiciste y
pasaste a ser quererlo.
Y ambos renacieron en la
misma familia para que
se pudieran encontrar,
ahora fortaleciendo los
lazos de afecto.
Carlos asintió con la
cabeza, mostrando haber
entendido, y luego
preguntó:
- Mamá, ¿qué hago para
que Vítor aprenda a
confiar en mí?
La mamá sonrió y
explicó:
- Tú quieres agradarle,
mostrarle que realmente
lo aprecias, ¿no?
Entonces, no tengas
prisa. Continúa
ayudándolo en todo lo
que puedas, ten
paciencia con él,
muéstrale que lo quieres
y, sobretodo, ora por
él, pidiéndole a Jesús
que puedan entenderse de
verdad. Todo eso va a
pasar, hijo mío. ¡Confía
en Dios!
Entonces, al día
siguiente, Carlos fue
nuevamente a la casa de
su primo, lo trató con
mucho cariño y hasta le
llevó un juego suyo que
era el que más le
gustaba a Vítor y que
todavía no había
aprendido a jugar.
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- Traje mi juego para
tí, Vitinho. ¡Es un
regalo! Y voy a
enseñarte a jugarlo, es
fácil.
El pequeño sonrió y
abrió la caja,
encantado. Sabía que era
un juguete para niños
mayores y, tal vez por
eso, tenía tantas ganas
de jugar, como su primo
Carlos.
Así, ellos pasaron toda
la mañana jugando y
divirtiéndose. Antes de
irse, Vítor se despidió
de su primo
agradeciendo:
- ¡Me gustó que vinieras
a mi casa, Carlos!
Gracias por el juego.
¿Vienes mañana?
- ¡Claro! ¡Puedes
esperarme! – dijo
Carlos.
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Al otro día, él volvió y
trajo otra sorpresa para
Vítor: un pequeño
tractor que a su
primito le gustaba
mucho. Y, así, día tras
día, la relación entre
ellos fue mejorando.
Cierta tarde, salieron a
pasear. Carlos y Vitinho
encontraron a un grupo
de muchachos bravucones.
Uno de ellos empujó a
Carlos, que se cayó y se
golpeó la cabeza contra
un muro.
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- ¡Socorro! ¡Lastimaron
a Carlos!... ¡Mamá!
¡Tía!... ¡Corran! –
Vítor se puso a gritar,
asustado, al ver a su
primo en el piso.
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Oyendo los gritos de su
hijo, Ana llegó
corriendo y luego la
mamá de Carlos apareció,
queriendo saber qué
había sucedido. Al ver a
las dos madres, el grupo
corrió. La mamá de
Carlos se arrodilló en
el piso, asustada de ver
a su hijo caído y
preguntó si estaba
lastimado.
- No te preocupes, mamá.
Me golpeé la cabeza
contra el muro, pero ya
estoy bien.
Vítor, todavía asustado,
se arrodilló en el piso
y abrazó a Carlos,
contento al ver que no
estaba lo habían
lastimado mucho. Solo le
sangraba un poco la
cabeza.
- Ah, Carlos, me alegro
que no fuera nada. Tenía
mucho miedo de esos
muchachos y comencé a
gritar. Cuando vinieron
mamá y tía, se fueron
lejos. ¡Gracias a Dios!
Y, diciendo esas
palabras, Vítor abrazó a
su primo y dijo entre
lágrimas:
- Te quiero mucho,
Carlos. ¡Tú eres en
quien más confío aparte
de mamá y papá!...
¡Ahora somos amigos para
siempre!
La mamá de Carlos
intercambió una mirada
con su hijo y ambos
entendieron: todo había
pasado. ¡Vitinho
y Carlos ahora eran
realmente amigos!...
MEIMEI
(Recebida por Célia X.
de Camargo, em
23/2/2015.)
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