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Josecito volvía de la
casa de un amigo donde
había pasado la mañana.
Al cruzar la calle, vio
a una joven con algunas
flores en el brazo que
ofrecía a los
caminantes; sin embargo,
nadie compraba sus
lindas flores.
Entonces, Josecito cruzó
la calle y se acercó a
la muchacha. Desanimada,
sentada en una banca,
ella observaba las
flores con tristeza. Al
acercarse a
ella, sonrió:
- ¡Qué lindas flores! Me
gustaría comprarte
todas, pero no tengo
dinero. ¿Me puedes
vender una?
- ¡Claro, joven! Cuesta
un real cada una.
¡Puedes
|
escoger! – dijo
la joven, más
animada.
|
Josecito, antes de
escoger la flor, metió
su mano en el bolsillo
de su pantalón para ver
si tenía dinero alguno.
Al sentir la moneda,
sonrió y extendió la
mano cogiendo una de las
flores.
- ¡Escogió bien! ¡Esta
flor es hermosa!... –
dijo ella entregándole
la flor y tomando la
moneda de las manos del
joven.
Josecito sujetó la flor
y le preguntó si ya
había vendido muchas, a
lo que ella respondió:
- No, es el primero en
comprar. ¡Gracias!
Espero que le guste a su
madre. Las flores son de
mi mamá, que las aprecia
mucho. Pero como
necesitamos dinero, salí
para ofrecerlas a quien
quisiera comprarlas.
- No te preocupes.
Conseguirás venderlas
todas. ¿Cómo te llamas?
- Melina.
Gracias.
Josecito fue a su casa,
pero no lograba sacar a
la vendedora de flores
de su cabecita. Al
llegar a casa, entregó
la flor a su mamá:
- ¡Gracias, Josecito!
Qué linda flor. ¿Dónde
la conseguiste?
- ¡Una joven estaba
vendiendo y la compré
para dártela, mamá!
- Gracias, hijo mío.
¡Pero no deberías haber
gastado tu dinero en mí!
– consideró la mamá. –
Ahora vamos a almorzar.
Lávate las manos y
siéntate; tu papá está
por llegar.
Después del almuerzo,
Josecito pidió a su
papá:
- Papá, ¿puedes
adelantarme mi mesada
este mes?
- Claro, Josecito. Si
necesitas, no hay
problema, hijo mío.
- Gracias, papá.
Cuando el papá volvió al
trabajo, Josecito salió
también. Fue hasta la
esquina y vio que la
vendedora de flores aún
estaba ahí. Y las flores
también. Entonces compró
otra flor, y se la llevó
a su mamá. La mamá se
extrañó por el nuevo
regalo, pero agradeció,
sin decir nada. ¡A media
tarde, ya había recibido
seis flores! Entonces
llamó a su hijo, lo
sentó en el sofá y le
preguntó:
- Hijo mío, ¿qué está
pasando? ¡Yo adoro las
flores, pero solo hoy me
regalaste seis! ¿De
dónde las estás sacando?
¿De algún jardín? ¿De
alguna plaza?
El muchacho bajó la
cabeza y contó la
verdad: que las estaba
comprando a una
muchachita pobre y, con
los ojos húmedos,
explicó:
- ¡Su mamá necesita
dinero para poder
comprar medicina para el
hijo menor que está
enfermo y para comida,
pues están pasando
hambre!
Con emoción, ella abrazó
a su hijo:
- ¿Por qué no me
contaste, Josecito? ¡Yo
habría ayudado! ¿Dónde
conseguiste dinero para
comprar las flores?
- De mi mesada, mamá.
Aún tenía un poco de
monedas y pedí a papá
que me adelantara mi
mesada del mes.
- ¡Ah, yo estaba
juzgándote mal, hijo
mío! ¡Pensé que estabas
robando de algún jardín
o de una plaza! ¡Y
estabas ayudando a
alguien! – dijo la
madre, abrazándolo.
Después de pensar, ella
decidió:
- Ve a buscar a la chica
de las flores y tráela a
casa para almorzar. Voy
a ver qué puedo hacer
por ella y por su
familia.
Contento, regresó
corriendo al lugar donde
estaba la muchacha y la
invitó a almorzar en su
casa, porque su mamá
quería conocerla.
- ¿Aceptas?
- ¡Con mucho gusto!
Josecito la llevó hasta
su casa y la madre quedó
encantada al ver a la
muchacha, aún tan
pequeña y ya ayudando a
su familia. Se sentaron
con ella, haciéndole
compañía mientras
almorzaba, y la madre de
Josecito se iba
informando de la
situación en la que ella
vivía.
Al terminar de comer, la
niña, que se llamaba,
Melina, dijo:
- Gracias por el
almuerzo, Doña Marta,
pero necesito irme
porque mi mamá debe
estar preocupada por mí.
¡Salí de casa temprano y
ya son las cuatro de las
tarde!...
La mamá de Josecito
estuvo de acuerdo con
ella y se ofreció en
llevarla a su casa. Así,
Josecito y su madre
llevaron a Melina y
conocieron a su mamá,
quien explicó:
- Estoy en casa porque
mi hijo menor está
enfermo, de lo contrario
también estaría
trabajando. Estoy
contenta de conocerla y
a su hijo Josecito. Y,
más que nada, les
agradezco por la ayuda
que le dieron a mi
Melina.
- Pues pueden contar con
nosotros para lo que
fuera necesario, Helena.
Traje medicina para la
fiebre porque Melina
dijo que su hermanito
estaba
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con fiebre.
Pero, si tuviera
una receta,
compro todo lo
que necesite
para el pequeño.
|
- Se lo agradezco mucho.
Realmente estamos
necesitando todo. No
solo de medicina, sino
también de comida. Mi
marido está desempleado
y nuestra situación es
muy difícil.
La madre de Josecito la
tranquilizó,
asegurándole que es
nuestra obligación
ayudarnos unos a los
otros, y completó:
- ¿No nos dijo Jesús
debemos amar a nuestro
prójimo porque somos
hermanos?
Entonces, hoy usted
necesita ayuda, mañana
puedo ser yo. ¡Y
entonces usted nos
ayudará!...
MEIMEI
(Recibida por Célia X.
de Camargo, el
18/01/2016.)
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